—¡Cállate!
Jimena lanzó un grito lleno de furia.
—¿Se supone que viniste para mi cumpleaños o solo para hacerme enojar? Pasan años y ni te apareces, pero cuando vienes, solo traes problemas. ¿Qué, te molesta que siga viva?
—¿Ahora resulta que yo soy la problemática? —Elena le respondió con el ceño fruncido—. Antes, cuando regresaba, siempre te alegrabas. Ahora que tienes a Melisa, parece que ya no me quieres ni ver. Solo quería ayudarte a caminar y platicar un rato contigo, pero ni eso aceptas.
Terminando de hablar, Elena se giró y le lanzó una mirada fulminante a Melisa.
—Y tú, ni una pizca de educación. Ni siquiera me reconoces como tu tía. —le reprochó Elena, levantando la voz—. Pues te lo digo de una vez: esta vez no pienso irme. Quiero ver exactamente qué jueguito traes entre manos.
En Monarca Nova, Elena ya se había enterado de que Melisa había sido llevada de vuelta a la familia Orozco. También sabía perfectamente todo lo que Melisa había estado haciendo últimamente. Llevaba mucho tiempo queriendo regresar para ver por sí misma cómo era esa tal Melisa, pero siempre surgía algo que se lo impedía.
Ahora que la tenía enfrente, comprobó que Melisa era tal como todos decían: de cuidado. Ni siquiera se molestaba en disimular la manipulación, y eso que estaba delante de toda la familia. Quién sabe cómo sería cuando nadie la veía.
Melisa la observó con los ojos entrecerrados, sin apartar la mirada.
De repente, Melisa avanzó y, sin previo aviso, le propinó una patada a Elena que la mandó al suelo.
—¡Melisa…! —intentó intervenir Jimena, pero no logró detenerla.
Suspiró cansada. No entendía por qué sus hijos siempre terminaban armando un escándalo. Hace unos días, gracias a las jugadas de Melisa, los de la segunda y tercera rama de la familia ya ni se atrevían a hacerle la vida imposible. Hasta Isidora se había calmado bastante. Pero ahora, Elena volvía para provocar a Melisa.
Y eso que Melisa últimamente ni siquiera recurría a la violencia. Estaba haciendo un esfuerzo enorme por controlarse. Entonces, ¿por qué se empeñaban en hacerla enojar?
Melisa le dio unas palmadas a la mano de Jimena y miró a Elena con desdén.
—¿De verdad creíste que te iba a dejar pasar esto?
Isidora y otros familiares ayudaron a Elena a ponerse de pie. La furia le ardía en los ojos.
Melisa apretó los labios.
—Abuela, tú eres demasiado buena.
Jimena no dijo más. Melisa tampoco.
En el fondo, Melisa había tratado de obedecerle. Durante este tiempo, había hecho un esfuerzo por controlar sus arranques, evitando llegar a los golpes. Pero con esa tía, simplemente no podía.
No podía olvidar su infancia. Cuando Isidora terminaba de desquitarse con ella, era Elena quien la volvía a maltratar.
Elena nunca fue feliz en su matrimonio, y siempre culpó a Melisa. Todo porque en el examen de ingreso a la primaria, Melisa fue la única en la familia Orozco que no pasó. Elena aseguraba que Melisa le había traído mala suerte y por eso su vida estaba tan mal.
La usó para desquitarse: le enterraba agujas, la sumergía en agua hasta hacerla sentir que se ahogaba, la obligaba a comer croquetas de perro y a imitar el ladrido. Todo eso, hasta que Elena se casó y se fue a Monarca Nova. Desde entonces, los tormentos cesaron.
Después de mudarse, casi nunca regresó a la familia Orozco. Solo volvió una vez, hace algunos años. ¿El motivo? Quería que Jimena le diera el diez por ciento de las acciones de la empresa familiar.

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