Cocina del Palacio Armonía.
En cuanto Melisa y Fabricio entraron, toda una fila de cocineros se cuadró con respeto.
—Chef Melisa, Chef Fabricio.
Melisa asintió.
—Sirvan los platillos en diez minutos.
Apenas terminó de hablar, caminó directo a la barra, se puso el uniforme de chef y empezó a trabajar.
Fabricio se acomodó del otro lado de Melisa y la miró de reojo.
—¿Como siempre? —preguntó con una media sonrisa.
Melisa le devolvió la sonrisa, un tanto burlona.
—¿Qué, quieres ganarme otra vez?
Nadie tenía muy claro por qué a Fabricio le daba por competir con ella a cada rato, como si se tratara de una obsesión.
De hecho, para poder superarla, se había metido de lleno a aprender cocina profesional. Gracias a su esfuerzo y talento, había logrado escalar hasta convertirse en chef principal de las cenas estatales, compartiendo ese honor con ella; los dos eran la pareja de chefs estelares en los eventos más importantes del país.
Cada vez que había una cena de gala, Fabricio insistía en retarla.
Y para colmo, los líderes extranjeros preferían siempre los platillos de Melisa.
Eso sacaba de quicio a Fabricio, quien cada tanto le proponía un nuevo desafío, como si con eso pudiera resarcir su orgullo.
Al final, Melisa se cansó de todo ese asunto de la competencia y dejó su puesto como chef principal en las cenas de estado. Desde entonces, no había vuelto a una cocina profesional.
Porque, a decir verdad, ya le fastidiaba ese ambiente.
Pero Fabricio no se rindió.
No solo no se retiró, sino que todos los días intentaba conquistarla con sus platillos. Según él, un día lograría conquistar su paladar y tendría que admitir, en su propia boca, que los sabores de él eran mejores que los de ella.
A Melisa todo eso le parecía de lo más infantil.
Pero tenía que admitir que Fabricio sí sabía consentirle el estómago.
—Como pocas veces te animas a entrar en acción, claro que quiero medir fuerzas —respondió Fabricio, con una expresión confiada—. Meli, esta vez tengo el presentimiento de que voy a ganar.
—Ya veremos —replicó Melisa sin rodeos, y se puso manos a la obra.
...
En otro lado.
Salón del banquete.
El sonido del piano se apagaba mientras Florencia e Isidora se preparaban para ir tras el maestro Rafael, pero antes de que pudieran moverse, comenzó el segundo número de la noche.

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