Jimena se quedó sin palabras.
¿Quién en su sano juicio va a una fiesta de cumpleaños y regala dinero en efectivo?
¿No pudiste molestarte en escoger un regalo de verdad?
Fabricio, como si pudiera leer los pensamientos de Jimena, sonrió apenas, con un gesto travieso en la boca.
—La verdad, sí pensé en comprar un regalo. Pero, por más que buscara, no iba a encontrar algo mejor que lo que Meli preparó. Así que decidí que lo mejor era dar algo diferente. Dinero en efectivo, eso es lo más adecuado.
Originalmente, él había pensado en entregar un cheque.
Pero temía que Jimena lo rechazara, así que mejor optó por llevar billetes.
Jimena dudó.
—Esto…
—Tú acéptalo —intervino Clarisa, lanzándole una mirada cortante a Fabricio—. Siempre hace sus cosas a su manera. Si no lo recibes, seguro va a aventar el dinero aquí mismo en el hotel y se va a largar.
¡Qué envidia me da!
Este desgraciado, para mi cumpleaños me trajo cincuenta millones.
Pero para el de Jimena, le da cien millones.
Menos mal que somos buenas amigas, que si no, ya me habría dado un coraje de esos que te llevan directo al cielo.
—Bueno, entonces lo acepto —Jimena vaciló, pero al final tomó el sobre de dinero.
Ya después buscaría la manera de regresarle el favor.
Fabricio curvó los labios, le lanzó una mirada a Melisa, buscando descaradamente que lo felicitaran.
Melisa ni se dignó a contestarle, ya estaba grande y seguía con sus niñerías.
Mientras Melisa sonreía de oreja a oreja, en el otro extremo del salón, donde estaban sentados los Orozco, el ambiente se sentía tan denso que cualquiera podía cortarlo con un cuchillo.
Todos miraban el regalo en sus manos, con la cara encendida de vergüenza.
¿A quién se le iba a ocurrir entregar esos regalos ahora?
Melisa, desde el inicio, empezó repartiendo varios regalos espectaculares y, lo que ellos traían, parecía una burla.
Gabriel apenas les lanzó una mirada de reojo a los Orozco, tomó su regalo y se acercó a Jimena.
—Abuela, este es mi regalo. No se compara con la joya imperial de mi hermana, pero es un rosario. Espero que Dios te acompañe siempre y tengas salud y tranquilidad.
Ese rosario no valía más de veinte mil pesos.
Gabriel también quería regalarle algo más caro, pero no tenía dinero.

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