Fabricio se acercó a Melisa, la rodeó con el brazo y, con la mirada dura como el filo de un cuchillo, barrió el salón hasta detenerse en los Orozco.
—Si la familia Orozco no quiere a Meli, entonces hagan un documento para cortar la relación. Meli no necesita que la mantengan, yo me encargaré de ella.
El gesto dejó a Isidora con la cara tensa, los labios apretados de rabia. Fabricio acababa de humillar públicamente a los Orozco.
Florencia, por su parte, no supo qué cara poner. La incomodidad se le notaba en la sonrisa forzada que intentó sostener.
¿Qué podía decir ella?
Con Fabricio defendiendo a Melisa, cualquier palabra de su parte solo la haría quedar peor.
Jimena miró a Fabricio con el ceño arrugado y una molestia imposible de disimular.
—Mi Melisa no necesita que tú la mantengas. Además, ni siquiera ha aceptado este compromiso.
Fabricio giró el rostro hacia Melisa, su expresión se suavizó un poco, como si solo existieran ellos dos.
—Meli, ya no sigas con esto. Te juro que jamás te fui infiel. Mira, como tenemos este compromiso pendiente, ¿por qué no de una vez nos comprometemos hoy?
Si lograba comprometerse con ella, sería suya, y no la dejaría escapar jamás.
Melisa lo miró con una calma helada.
Y mientras Fabricio la miraba con ansias, esperando su respuesta, Melisa le metió un puntapié que lo mandó lejos.
—¡Lárgate! ¡Yo no repito con lo que ya tiré!
Sin mirar atrás, Melisa salió del salón con la cabeza bien en alto.
Fabricio, fuera de sí, salió corriendo tras ella.
—¿Todavía piensas que puedes huir de mí?
Así, entre carreras y gritos, ambos desaparecieron del lugar, dejando el salón sumido en un silencio de incredulidad.
...
Clarisa se aclaró la garganta, buscando palabras que calmaran el ambiente incómodo.
—Amiga, la neta es que hoy nos pasamos de la raya los Pacheco. Yo no sabía que ese Fabricio ya conocía a Melisa desde antes. Si lo hubiera sabido, ni de chiste se arma este malentendido.



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