—¡Cállate!
Jimena le soltó con voz cortante, sin dejar espacio para objeciones.
—Si a Bruno le dieron una paliza, él mismo se lo buscó. ¿Qué tiene que ver la familia Pacheco en esto? Es más, yo diría que Fabricio hizo bien en golpearlo.
Isidora la miró incrédula, los ojos a punto de salirse de su cara.
—¡Mamá! Bruno es tu nieto, tu propio nieto. ¿Cómo puedes decir eso? ¿No te preocupa que lo hayan golpeado? Y todavía sales con que estuvo bien.
—¿Porque es mi nieto puede hacer lo que se le antoje? —replicó Jimena, completamente impasible—. Aquí sigo yo, y él ya se siente el dueño de la casa porque quiere correr a Melisa. ¿Desde cuándo Bruno manda en la familia Orozco?
Isidora no se tragaba esa respuesta así de fácil. Alzó la voz, molesta.
—¿Y qué hizo Bruno? La que está mal es Melisa. Si ya andaba con Fabricio, ¿por qué no lo dijo desde el principio? Se la pasa fingiendo ser la más comprensiva, dejándole el compromiso a Florencia. Si ya lo había cedido, entonces que se mantenga lejos de Fabricio.
Lanzó una mirada venenosa hacia Melisa, que en el escenario no decía ni una palabra.
—Pero mira lo que hizo: delante de todos, le quitó el prometido a Florencia. ¿Qué se supone que va a hacer Florencia después de esto? Bruno la adora y no soporta verla sufrir, ¿de verdad estuvo mal que la defendiera?
—¡Por supuesto que estuvo mal! —Jimena no dudó ni por un segundo—. Su error fue ponerse del lado de cualquiera, cuando Melisa es su propia hermana.
—¡Por favor! —Isidora ya no sabía si gritar o echarse a llorar—. Eso no es justo. Melisa apenas acaba de regresar a la familia, Florencia ha estado aquí toda la vida. Bruno la vio crecer, es natural que la quiera más.
—¿Ah, sí? —intervino Fabricio, con una mirada desdeñosa que fulminó a Isidora—. Ahora entiendo: mi novia es la verdadera hija de los Orozco, pero ustedes... no la quieren, ¿verdad?
Melisa no pudo evitar mover el pie, inquieta. En su mente, solo tenía ganas de patearlo lejos.
¿Novia? ¿De qué habla? Ex. Exnovia, por favor.
Isidora estuvo a punto de gritarle: “¡Sí, no la queremos! ¿Por qué tiene que regresar y quitarle todo a Florencia?” Pero se mordió la lengua. No iba a provocar a Fabricio, no después de lo que acababa de pasar.
—Hermana, discúlpame. Yo no sabía nada, por eso acepté este compromiso. Si Fabricio y tú se quieren, yo les cedo el lugar.
En su interior, Florencia estaba hecha pedazos. No quería soltar ese matrimonio, no quería perder lo que ya había planeado para sí. Pero si seguía forzando la situación después de lo ocurrido, solo terminaría peor. Además, ya se había dado cuenta: Fabricio ya no la veía, ni siquiera un segundo. Todo su interés estaba clavado en Melisa.
¿Quién sabe qué habrá aprendido Melisa de esa chica de la discoteca, porque hasta un hombre como Fabricio terminó rendido a sus pies?
Pero Florencia no iba a darse por vencida. Si algo era suyo, nadie se lo iba a quitar.
Melisa le dedicó una mirada dura, sin pizca de compasión.
—¿Y tú quién eres para darme permiso? ¿Acaso necesito que me cedas nada?
Fabricio se adelantó, con una mano en el hombro de Melisa.
—Lo que mi Meli quiere, siempre es suyo primero. Y si alguien más quiere ofrecerle algo, primero tiene que demostrar que está a su altura.

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