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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 194

Melisa bajó las escaleras.

En ese instante, las voces que discutían abajo se apagaron de golpe.

Los tres hermanos Ávila se miraron entre sí, como si se pusieran de acuerdo en silencio. Simón fue el primero en acercarse.

—Señorita Melisa, ¿ya despertó? ¿Durmió bien anoche? Ahora mismo hago que preparen de nuevo la comida.

En cuanto terminó de hablar, Simón le hizo una seña a Orlando.

Orlando, rápido como el viento, llamó a los empleados para que retiraran los platillos fríos y trajeran todo fresco otra vez.

Sin darse cuenta, Simón ya le hablaba a Melisa con un respeto que no le solía dar a nadie. Lo curioso era que, aunque él le llevaba varios años, no sentía que fuera inapropiado tratarla así.

Melisa observó con calma a los empleados de los Ávila yendo y viniendo, cambiando platos y cubiertos. Aunque su paladar se había vuelto exigente con Fabricio, afuera nunca se ponía difícil con la comida.

—¿Señorita Melisa? —insistió Simón, nervioso por el silencio de Melisa. Pensó que tal vez la habían ofendido por no esperarla para comer, y justo cuando buscaba una excusa, Melisa se sentó tranquilamente junto a Delfina.

—Dormí bien.

Simón, al oírla, soltó un suspiro de alivio.

—Qué bueno.

En poco tiempo, los nuevos platillos estuvieron sobre la mesa. Todos tomaron asiento, pero nadie decía palabra, cada quien sumido en su plato. La atmósfera se sentía pesada y tensa, como si las paredes también guardaran el aire.

Solo Delfina, sin preocuparse por nada ni nadie, devoraba la comida con prisa. Apenas había comido antes y, para ella, el hambre siempre tenía prioridad sobre cualquier formalidad.

Luciano y su esposa Denisse miraban a su hija con resignación, preguntándose cómo habían criado a una muchacha que parecía haber llegado a este mundo con hambre atrasada.

—Señorita Melisa, usted salvó a mi padre. Para la familia Ávila, es una benefactora, así que... el pago por la cirugía...

Simón no terminó la frase cuando Melisa dijo, sin inmutarse:

—Quinientos mil.

Esa era la cantidad más baja que solía cobrar.

Y eso solo porque el señor Hugo podía ser el papá de Giselle; por eso, Melisa estaba dispuesta a dejarlo en precio de amiga.

Si hubiera sido cualquier otra persona, una operación de ese calibre no habría bajado de cinco millones.

Claro, el procedimiento fue complejo y le exigió mucho, pero el precio no era tanto por la cirugía.

—Entonces, señor Ávila, ¿cuánto considera usted que es lo adecuado?

Los tres hermanos se miraron, buscando una respuesta en los ojos de los otros.

—Mire, mejor déjenos darle dos millones ahora, y si más adelante necesita algo de nuestra parte, no dudaremos en ayudarla —dijo Simón, tratando de llegar a un acuerdo razonable.

Melisa lo miró directo, con una calma que desarmaba.

—Quinientos mil. Es justo.

Si Hugo resultaba ser el papá de Giselle, Melisa pensaba devolverles hasta el último peso.

Porque si no fuera por Giselle, ella no sería la persona que es ahora.

Ni hablar de cobrarle a Hugo; hasta le daría todo lo que tiene si hiciera falta.

—Esto... —Simón ya no entendía qué pretendía Melisa.

Ayer, cuando fue al hospital a ver a su padre, Leo también estaba ahí, y le entregó un millón como agradecimiento.

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