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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 193

Melisa, sin decir una palabra más, se acercó a Orlando.

—Guía el camino.

—E-esta dirección, por favor —balbuceó Orlando, nervioso, sintiendo de repente una presión enorme al tener que hablar con Melisa.

No supo realmente de dónde venía esa sensación. Solo que, al estar frente a Melisa, le temblaban las manos y el corazón le latía como si fuera a salirse del pecho.

Melisa no prestó atención a los que se quedaron atrás. Simplemente siguió a Orlando, manteniendo la cabeza en alto, con el paso seguro de quien no se deja intimidar por nada.

Leandro, que acababa de salir del quirófano detrás de Melisa, la observó de espaldas, y la admiración en sus ojos casi se desbordaba.

Nadie tenía idea de lo que esos más de treinta horas dentro significaron para él.

La determinación y calma de Melisa en cada instante de la cirugía, su coordinación perfecta con Leo y los demás… Cada detalle lo dejó boquiabierto.

Todavía no se graduaba, pero comprendía muy bien que una operación tan complicada hubiera tomado hasta dos días, quizás más, para cualquier otro equipo.

Sin embargo, Melisa y su equipo lo lograron en apenas treinta horas, y además, el resultado fue impecable.

En ese momento, Leandro se sintió afortunado de haberle rogado a Melisa para que lo dejara entrar a observar la cirugía.

Todo lo aprendido ese día le serviría para toda la vida.

...

—Doctor Leo, buen trabajo. Pediré que los lleven al hotel para que descansen un poco —dijo Simón apenas vio que Melisa se marchaba, organizando de inmediato la logística para que Leo y los demás pudieran descansar.

No solo Melisa y los cirujanos; hasta los que esperaron afuera estaban agotados, como si les hubieran drenado toda la energía.

Era urgente que todos pudieran descansar bien.

Simón también le asignó una habitación a Leandro, pero este de pronto preguntó:

—Señor Ávila, ¿puedo quedarme en la casa de ustedes?

Simón parpadeó, desconcertado.

—¿Por qué?

—Quiero estar más cerca de la señorita Melisa —confesó Leandro, poniéndose rojo como jitomate.

Apenas terminó de hablar, Leo lo agarró del cuello de la camisa y lo jaló.

—No vayas a molestar a mi maestra cuando esté durmiendo.

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