—Yo me encargo, abuelita, puede estar tranquila —dijo Florencia con una sonrisa.
Jimena le echó una mirada de reojo, pero no dijo nada más.
Así quedó decidido lo de la fiesta de reconocimiento. Nadie en la familia Orozco se atrevió a oponerse, ni siquiera por asomo.
La abuelita había hablado clarito: el que se atreviera a llevar la contraria, que se fuera de la familia Orozco.
Nadie quería quedarse fuera por una tontería como esa.
A partir de ahí, todos siguieron comiendo en silencio. Sin embargo, de vez en cuando, las miradas iban a parar a Melisa. El ambiente se sentía raro, como si flotara algo en el aire.
Melisa se mantuvo tranquila y siguió comiendo. No le importaban en lo más mínimo las miradas que le lanzaban desde todos los ángulos de la mesa.
De repente, Gabriel le dio un leve codazo en el brazo.
Melisa levantó la vista, mirándolo con una expresión que preguntaba: ¿qué pasa?
Gabriel le señaló con la mirada el plato de Isidora.
Melisa miró hacia allá. A pesar de la escena que había hecho hace un rato, Isidora comía con ganas, como si nada le afectara.
Melisa apartó la mirada, alzando una ceja hacia Gabriel, interrogante.
Gabriel, al darse cuenta de que Melisa no entendía, se acercó y le susurró al oído:
—Le puse mi saliva a su comida.
Melisa se quedó en silencio.
De verdad te atreviste, pensó.
Gabriel, orgulloso, le presumió:
—¿Qué tal? ¿A poco no estuvo bueno? Gabriel sí que sabe desquitarse.
Melisa tomó su vaso, bebió agua y no pudo evitar mirar de nuevo a Isidora. Quién sabe si era la comida o el “toque especial”, pero ella parecía disfrutar cada bocado.
Melisa apartó la vista y le levantó el pulgar a Gabriel.
—¡Eso sí fue venganza!
Solo Gabriel sería capaz de hacer algo así.
—Aprendí de ti —se recargó en la silla, con una sonrisa satisfecha—. Si no fuera porque de niño te vi hacerlo, ni sabría que existía esa forma de vengarse.
Melisa solo lo miró, sin decir nada.
Gabriel se acordó de algo más.
—Oye, ¿cuántas veces le pusiste cosas a su comida cuando eras niña? Yo me acuerdo de al menos cinco.
Melisa iba a negarse de nuevo, pero al ver la cara de ilusión de Gabriel, terminó rindiéndose.
—Está bien, vamos.
Gabriel tenía la moto estacionada justo en el centro del patio. Desde que la consiguió, le gustaba presumirla ahí para que todos la vieran.
Siempre andaba diciendo: “Esa me la regaló mi hermana.”
Los de la otra rama de la familia se morían de envidia.
Aunque, para ser sinceros, todos pensaban que la moto era de Fabricio, no de Melisa.
Gabriel le pasó el casco a Melisa y justo cuando iba a arrancar, vio a alguien subirse a un carro al frente. Frunció el entrecejo.
—¿Por qué Marcos se va con Florencia?
Melisa siguió su mirada. Vio a Marcos y Florencia subirse al mismo carro. No le pareció raro, así que solo preguntó:
—¿Y eso qué tiene?
—Florencia nunca ha aguantado a los de la casa de la tía mayor. Antes hasta le tiraba indirectas. Y Marcos siempre le ha tenido miedo, ni se hablan. ¿Ahora por qué salen juntos?
A Gabriel le parecía extraño, pero enseguida lo dejó pasar.
—Bah, da igual, no es nuestro asunto. Vámonos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno