Cuando el señor Everardo soltó esas palabras, el silencio se apoderó del lugar. Nadie se atrevió a decir nada; el aire se sentía tan denso que cualquiera habría podido cortarlo con un cuchillo.
Gabriel se dejó caer de nuevo en el asiento, sin poder apartar la vista de Melisa. Tenía la boca entreabierta, pero las palabras simplemente no le salían. ¿Había escuchado bien? ¿El señor Everardo acababa de llamarla jefa? ¿De verdad su hermana era tan poderosa?
El club Velas y Vino tenía sucursales en todo el país, y no era cualquier antro: todos sabían que detrás de ese nombre había una fuerza imposible de imaginar. Nadie tenía claro qué tan grande era ese poder, pero el rumor era que el dueño de Velas y Vino era una figura misteriosa, alguien a quien pocos se atrevían a molestar.
De hecho, hubo una vez un tipo sin sentido común que armó un escándalo en una de las sucursales, se puso a molestar a las chicas que trabajaban ahí. Al día siguiente, ese tipo y hasta su empresa desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra.
Desde entonces, a nadie se le ocurría buscar pleito en Velas y Vino.
¿Y ese jefe intocable era su propia hermana? ¡No lo podía creer!
Gabriel no pudo evitar preguntarse qué clase de cosas había vivido Melisa en estos años. De pronto le vino a la mente la moto que ella le regaló. Ahora tenía sentido dudar si en verdad Fabricio se la había dado a Melisa, o si en realidad era propiedad de ella desde el inicio.
Mientras tanto, Joaquín, tirado en el piso con los brazos y piernas adoloridos, se olvidó del dolor por completo. Solo podía pensar en una cosa: estaba perdido.
Él siempre andaba metido en líos y nunca hacía nada bueno, pero hasta él sabía quién era el dueño de Velas y Vino. Cualquiera que se ganara el odio de esa persona, aunque no muriera, terminaba destruido.
Apenas entendió lo que estaba pasando, Joaquín se apresuró a decirle a uno de sus amigos:
—¡Rápido, márcale a mi papá! Dile que no venga.
Si su papá aparecía por ahí, la familia Valdés estaba acabada. Él podía ser un desastre, pero no iba a arrastrar a toda su familia por sus tonterías. Si la familia Valdés caía, él también.
El amigo de Joaquín tampoco quiso esperar y de inmediato intentó llamar al papá de Joaquín. Nadie respondió.
En ese momento, un golpe de pánico sacudió a Joaquín. Se arrastró hasta los pies de Melisa y, sin dignidad alguna, suplicó:
—Por favor, jefa, fue mi error. No debí meterme contigo. Si quieres, solo haz como si yo no existiera, déjame ir, ¿sí?
Melisa estaba recostada con tranquilidad en el sofá, mirándolo de reojo, sin decir ni una sola palabra.
Viendo que Melisa no respondía, Joaquín se desesperó y comenzó a golpear la cabeza contra el suelo, en señal de súplica.

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