Melisa observaba sin expresión el rostro de Florencia, tan parecido al suyo, manchado ahora por la sangre fresca que le corría de la frente.
La ropa cara que llevaba Florencia estaba hecha un desastre, cubierta de polvo y sucia como nunca.
En ese momento, Florencia no podía estar más descompuesta.
Melisa apenas le lanzó una mirada antes de dirigir la vista a Marcos, que se mantenía cabizbaja y en silencio en un rincón. Le habló con voz firme:
—Tú, ven acá.
Marcos levantó la cabeza bruscamente, temblando, y se acercó a Melisa. Apenas pudo susurrar:
—Prima…
Nadie se imaginaba lo asustada que estaba en ese instante.
Cuando Florencia la golpeaba, eso no le causaba temor. Después de todo, llevaba años soportando los abusos de Florencia, ya estaba acostumbrada.
Pero a Melisa sí le tenía miedo. Mucho.
Aunque ese miedo se mezclaba con una profunda admiración.
Jamás se le habría ocurrido que su prima fuera tan poderosa.
Melisa se había enfrentado sola a toda esa gente y, para colmo, había salido ilesa.
Y lo más asombroso: Melisa conocía a la maestra Carolina y tenía un novio que la defendía a capa y espada.
Eso sí, tanto los amigos como el novio de Melisa parecían bastante complicados, como si nadie quisiera meterse con ellos.
Si alguien se atrevía a molestar a Melisa, tanto su amigo como su novio se encargarían de cobrar venganza por ella.
El simple recuerdo hizo que a Marcos le temblaran más las piernas.
Temía, sin querer, decir algo equivocado y que los amigos o el novio de su prima la pusieran en su lugar.
Melisa arrugó la frente, impaciente.
—¿Y tú por qué tiemblas tanto?
Marcos sintió el estómago hecho nudo.
—Yo… yo…
Se le atoraban las palabras. Cuando se ponía nerviosa, ni siquiera podía hablar.
Melisa se masajeó el entrecejo, resignada. ¿Acaso parecía un monstruo come-niños? ¿Tan aterradora era que ni hablar podían delante de ella?
Al ver que Marcos no podía articular palabra, Melisa decidió ignorarla y fue directo con Florencia:
—Pídele disculpas.
La expresión de Florencia cambió de inmediato. ¿Por qué iba a disculparse con Marcos, esa “bastarda” que su propio padre había echado de la casa? ¿Por qué tenía que humillarse ante ella?
—¿Y a mí qué me ves? Si quieres perdonarla, hazlo. Si no, que se quede ahí de rodillas hasta que te canses.
El rostro de Marcos se tensó al instante.
—Yo… la perdono.
Ahora tenía el respaldo de su prima, pero ¿y después? Florencia era vengativa. No podía confiarse en que Melisa siempre la protegería. Además, ella y su madre seguían viviendo temporalmente en la casa de los Orozco; lo más sensato era no buscarse más problemas.
—Bien.
Melisa respetó la decisión de Marcos y no dijo nada más.
A un lado, Fabricio sacó un cigarro del bolsillo, pero antes de encenderlo, pareció recordar algo y lo guardó de nuevo. Con voz seca, les ordenó a los guardaespaldas:
—Llévensela. Luego iremos a la casa de los Orozco a arreglar cuentas.
El pánico se reflejó de inmediato en el rostro de Florencia.
—¡No, Melisa! Dijiste que si pedía disculpas me dejarías ir. ¡No estás cumpliendo tu palabra!
Melisa alzó la mirada, indiferente, y respondió con voz impasible:
—¿Eso dije?
Florencia se quedó congelada. Ahora que lo pensaba, nunca lo había prometido.

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