Para Florencia, Fabricio era como esa luna brillante e inalcanzable en lo alto del cielo, ¿por qué una luna tan deslumbrante tenía que acabar rebajándose a los pies de Melisa?
No, no podía permitir que Fabricio se enamorara de Melisa.
Se juró arrancar de raíz la imagen de Melisa en el corazón de Fabricio.
Sin mirarla siquiera, Fabricio fue directo a sentarse junto a Melisa, cruzando las piernas en el mismo gesto relajado que ella, y le ordenó a su guardaespaldas:
—Ella no está en sus cinco sentidos, ayúdala a que espabile.
Enseguida, los guardaespaldas se acercaron y sujetaron a Florencia. Tomaron varias botellas de la mesa y comenzaron a obligarla a beber, una tras otra.
Florencia quería hablar, defenderse, pero la llenaron la boca de alcohol y ni siquiera le dieron espacio para respirar. Las lágrimas se le mezclaron con el ardor de la bebida. Dentro de ella solo había desesperanza.
¿Por qué?
¿Por qué pasaba esto?
Ella ya le había advertido a Fabricio que Melisa no era una buena mujer.
¿Por qué entonces él la tomaba contra ella?
¿Acaso le gustaba tanto Melisa?
Pero Melisa solo era una cualquiera criada entre las sombras de los bares, ¿qué tenía de especial para que Fabricio la viera de ese modo?
Los guardaespaldas solo se detuvieron cuando Florencia estuvo a punto de perder el conocimiento, tambaleándose y con el estómago revuelto.
—Pídele perdón a Melisa de rodillas —la voz de Fabricio sonó tan cortante y seca que a Florencia le recorrió un escalofrío.
Con la mente nublada, Florencia solo atinó a reaccionar ante esas palabras. De repente, recobró un poco la lucidez:
—¡No pienso pedirle perdón! ¡Prefiero morirme antes que disculparme! ¡Yo no hice nada malo! ¡Melisa es una cualquiera, una mujerzuela, se lo merece todo!
Fabricio entrecerró los ojos, su presencia se volvió aún más aplastante.
—Vaya, qué buena hija criaron en la familia Orozco.
Apenas terminó de hablar, Carolina intervino con voz burlona:
—¿La familia Orozco? ¿No es esta la misma que la vez pasada se hizo pasar por mí y le regaló a Meli una cadena falsa? ¿Sigues dando vueltas por aquí?
Se giró a ver a Melisa, frunciendo el ceño.
—¿Y tú, Meli? ¿Cómo que no puedes con una insignificancia como esta?
Melisa, imperturbable, siguió bebiendo.
—Ando paseando al perro.
Carolina soltó una carcajada.
—Eso no va contigo, la neta.
Melisa siempre había resuelto sus problemas en el instante; no era de las que dejaba cuentas pendientes.

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