—¡Pum!
Con una patada, Fabricio aventó a Florencia dentro de la casa de los Orozco.
A esa hora, todos los de la familia Orozco ya descansaban.
El estruendo hizo que varios se levantaran a ver qué pasaba.
Isidora fue la primera en bajar. Al ver a Florencia tirada en el suelo, con el cabello revuelto, toda sucia y llena de golpes, el color se le fue de la cara.
—Florencia, ¿qué te pasó?
—Mamá, ayúdame...
Florencia no podía ni moverse del dolor; sentía el cuerpo a punto de romperse en pedazos.
En el trayecto, los guardaespaldas de Fabricio tampoco la habían dejado tranquila; le dieron tal paliza que apenas y la arrastraron hasta ahí.
Isidora levantó a su hija y al verla en ese estado, el corazón se le partió. Gritó con furia:
—¿Quién fue el desgraciado que se atrevió a hacerte esto? Florencia, dime, yo misma les voy a dar su merecido.
Estaba tan enfocada en Florencia que ni notó a Fabricio, Melisa y Carolina parados detrás.
En ese momento, Nicolás bajó las escaleras. De inmediato vio a Fabricio; apenas arrugó el entrecejo antes de posar la mirada sobre Florencia. Su expresión se tensó.
—¿Qué sucedió aquí?
Aunque no era su favorita, Florencia seguía siendo hija de los Orozco. Verla así, hecha trizas, era como un golpe a la dignidad de la familia.
—Papá, mamá, fue Melisa —lloró Florencia—. Ella le pidió al señor Fabricio que me hiciera esto. Quiere destruirme, no quiere que siga aquí, me odia porque ocupo el lugar que según ella le corresponde.
Apretó con fuerza la mano de Isidora, suplicando:
—Mamá, explícale a Melisa. Yo nunca quise quitarle nada, jamás fue mi intención. Todo esto me cayó de sorpresa, yo no quería. Por favor, dile que me deje en paz. Me voy de la familia Orozco, hoy mismo me voy, no volveré a molestarla.
No eran tan poderosos como los Pacheco, pero tampoco iban a dejar que Fabricio se burlara de ellos cada vez que quisiera.
Fabricio, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, dejó que la luna alargara su sombra en la entrada. Aunque su tono aún sonaba educado, cada palabra llevaba veneno.
—Señor Nicolás, a Meli la agredieron. ¿No cree que me debe una explicación?
Nicolás volteó a Melisa, frunciendo el ceño, dudoso.
—¿Ella… fue agredida?
¿De qué está hablando este tipo?
Con sólo ver la escena, cualquiera pensaría lo contrario. Melisa estaba impecable, ni una arruga en la ropa.
En cambio, Florencia apenas podía sostenerse, el cuerpo cubierto de heridas, la cara irreconocible de tantos golpes...

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