Eso se podrá presumir durante años.
Gabriel le devolvió la tarjeta que le había dado Carolina, pero en cuanto a la que le había dado Melisa…
Guardó silencio un buen rato, hasta que de pronto se acercó a Melisa y le susurró:
—Oye, manita, ¿me podrías prestar esos quince millones?
Melisa levantó una ceja.
—¿Y eso? ¿No que no los querías?
Gabriel soltó una sonrisa incómoda.
—Sí los quiero. Es que antes pensé que estabas usando la lana de Fabricio, pero ahora que sé que tú eres la dueña de Velas y Vino, seguro ese dinero es tuyo. Y la neta, lo necesito, pero lo necesito de verdad. Te lo pago con intereses, en cinco años te regreso todo, ¿sí?
Solo Dios sabía lo que Gabriel había sufrido por falta de dinero últimamente, tanto que hasta sentía que se le estaban saliendo canas.
Cuando Melisa le ofreció los quince millones, no podía creerlo. Se emocionó como nunca.
Pero aun así, entendía que no debía aceptar esa lana.
Porque pensó que era de Fabricio.
Pero al saber que no era de él, sino de su hermana, por fin pudo animarse a pedirlo.
Claro que le daba pena usar el dinero de Melisa, pero ya no tenía de otra.
Junto con Ramiro, Gael y Héctor, habían fundado una empresa de software. Desde el principio ya habían invertido un millón.
Ese millón era todo lo que Gabriel había logrado ahorrar en años.
Aunque muchos lo creían el consentido de la familia Orozco, desde la prepa solo recibía veinte mil pesos al mes para vivir.
Se aguantaba las ganas de comprar cosas buenas porque no quería gastarse el dinero.
Así, juntando poco a poco durante años, apenas y logró ahorrar unos cuatrocientos mil.
El resto lo había conseguido con trabajos de medio tiempo en la universidad y otro tanto se lo había dado su abuelita.
Sumando todo, apenas llegaba al millón.
Pero en cuanto metieron ese millón al negocio, ni para el arranque alcanzó.
Después, al hacer cuentas, se dieron cuenta de que para desarrollar el software necesitaban por lo menos treinta millones.
Carolina acababa de sacar veinte millones para Melisa, y sumando los quince millones de Melisa, ya con eso alcanzaba para la inversión y los gastos de la empresa.
Si no estuviera tan apretado de dinero, ni le habría pedido a Melisa.
Melisa se quedó callada un momento, luego sacó el celular.
—Pásame tu número de cuenta.
Gabriel se quedó un poco sacado de onda. ¿No que hacía rato nomás era pasar la tarjeta? ¿Y ahora quería el número de cuenta?
De todos modos, le dictó los números.

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