Por lo visto, ni siquiera esa persona podría ayudar mucho a la familia Valdés aunque le llamara a Melisa.
En ese momento, Uriel estaba empapado en sudor, dándole vueltas a cómo rogarle a Fabricio que perdonara a la familia Valdés, cuando de pronto, el celular de Melisa sonó.
Melisa sacó su celular y se quedó mirando el número desconocido en la pantalla durante un buen rato sin decir palabra.
Era su número personal.
Aparte de las personas más cercanas a ella, nadie más lo conocía.
Melisa permaneció en silencio apenas unos segundos, luego contestó la llamada.
—Soy yo, Raquel.
Al otro lado de la línea, sonó una voz familiar. Los ojos de Melisa se encendieron de sorpresa.
—¿Dónde estás?
Era Giselle.
El verdadero nombre de Giselle era Raquel. Pero llevaba tanto tiempo trabajando en el club nocturno que muchos ni siquiera sabían su nombre real; todos la conocían como Giselle.
El apodo de Giselle venía de su costumbre de vestir siempre con vestidos rojos. Abrías su clóset y solo encontrabas vestidos rojos de todos los estilos, con unas cuantas excepciones en negro.
Le fascinaba el rojo.
—Estoy donde necesitan que esté —respondió Raquel, y Melisa alcanzó a escuchar cómo inhalaba y exhalaba el humo de un cigarro—. La familia Valdés me ayudó mucho. Si uso el favor de haberte criado para que dejes tranquila a la familia Valdés, ¿aceptas?
Las cejas de Melisa se fruncieron, y en su cara quedó grabada una furia imposible de disimular.
—¿Me estás contando un chiste?
Raquel soltó una risita.
—Esa mala leche tuya no se te quita ni aunque quieras. Ya, sin rodeos. ¿Aceptas o no?
—¿Te pasa algo en la cabeza?
Melisa rara vez perdía el control de sus emociones. Si se enojaba, lo resolvía en el momento y a su manera. Siempre había sido tranquila y reservada.
Pero ahora, no pudo evitarlo. Su grito retumbó en todo el patio.
—¿En serio? ¿Por una familia como los Valdés quieres cortar todo lo que hay entre nosotras?
Y aunque lo dijo enojada, en sus ojos apareció algo de miedo.
Marcó de nuevo, pero el teléfono ya estaba apagado.
La expresión de Melisa era tan sombría que parecía una tormenta a punto de estallar.
Alzó la vista y se dirigió a grandes pasos hacia Uriel, que seguía arrodillado en el patio. Lo tomó de la camisa y lo levantó de un tirón.
—¡Habla! ¿Cómo la contactaste?
Uriel, que ya había perdido toda esperanza al ver que Melisa se había enojado con esa persona, pensó que ya nada podría salvarlo. Pero, de pronto, Melisa se le fue encima y casi se le sale el alma del susto.
Cuando por fin reaccionó, se encontró con la mirada de Melisa, fulminante.
—Y-yo... Yo le mandé un mensaje por el internet oscuro —balbuceó Uriel, temblando—. Ella me dijo que si alguna vez la necesitaba, la buscara ahí. Si lo veía, me respondería.
El ceño de Melisa se frunció aún más.
Internet oscuro.
Había convivido tantos años con Giselle y jamás había imaginado que existía algo así.
¿En qué cosas andaba metida Giselle?

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