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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 88

Melisa llevaba a la abuela en el carro, acelerando a toda velocidad por la carretera.

Al principio iba despacio, pero la abuela, que hacía mucho no sentía esa clase de emoción, no paraba de insistirle a Melisa para que fuera más rápido.

Melisa se aseguró de que la abuela no se asustara y luego pisó el acelerador hasta el tope.

Todo el trayecto, la abuela no paró de gritar emocionada, y lejos de incomodarse, Melisa sentía una alegría genuina.

Ella solo quería que su abuelita estuviera feliz cada día.

Tras manejar unos treinta minutos, al pasar junto al mar, la abuela finalmente le pidió a Melisa que se detuviera.

Tomadas de la mano, caminaron por la orilla, dejando que la brisa marina les despeinara el cabello mientras paseaban sin prisa.

—Melisa, desde que regresaste, no hemos tenido tiempo de platicar de verdad tú y yo —susurró Jimena—. Hoy, aprovechando este momento, quiero hablar contigo en serio.

Melisa giró la cabeza y le regaló una sonrisa radiante.

—¿De qué quieres platicar, abuelita?

Jimena se quedó un instante en silencio, perdiéndose en esa sonrisa que jamás había visto en la casa Orozco. Por un momento, se le quedó viendo, como si recordara a la Melisa de niña.

Pasó un rato antes de que Jimena reanudara la conversación.

—¿Pasaste algún mal momento todos esos años lejos de casa? —preguntó, con una preocupación que se notaba en su mirada.

—¿Por qué lo preguntas?

Jimena vaciló antes de responder.

—Es que... la forma en que resuelves las cosas es muy brusca, hija.

Melisa se quedó quieta un segundo, luego soltó una carcajada.

—¿No te gusta que me defienda a golpes, abuelita?

—No es eso —respondió Jimena, con voz pausada—. Sé que, cuando una persona pasa por injusticias, a veces lo más directo es usar la fuerza. Pero también existen otras maneras de enfrentar los problemas, ¿no crees?

Jimena apretó un poco la mano de Melisa y siguió:

—A veces, un poco de suavidad no viene mal... Melisa, ya estoy grande, ya no podré protegerte tantas veces como quisiera...

Melisa frunció el ceño.

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