Melisa guardó silencio.
—No necesito a la familia Orozco.
—Sí, sí la necesitas —replicó Jimena, sin titubear.
Melisa no contestó. En verdad, no creía necesitarla para nada.
Jimena la miró con seriedad, con ese peso en la voz que solo se usa para las cosas que importan de verdad.
—Melisa, te confío la familia Orozco no solo para que después tengas un pie firme en la familia Pacheco. Lo más importante es que confío en ti, sé que no vas a destruir la empresa que tu abuelo levantó con tanto trabajo. A nadie más, ni aunque tuvieran la cabeza más brillante, le confiaría esto como a ti.
Melisa titubeó.
—¿Y mi papá va a estar de acuerdo?
—Ya aceptó —le aseguró Jimena.
Eso sí la sorprendió. Nunca pensó que Nicolás fuera a ceder tan fácil.
Jimena soltó un suspiro largo.
—No te enojes con tu papá. Él y tu mamá arrastran muchos problemas, y por eso terminó distanciándose de todos los hijos. Pero yo he notado que últimamente te mira diferente. Tal vez, solo tal vez, está tratando de aceptarte poco a poco.
Melisa se torció la boca en una sonrisa sarcástica.
—No necesito que me acepte.
Para ella, Nicolás era poco más que un extraño con el que compartía techo. De cariño, ni hablar.
Aun así, Melisa echó un vistazo de reojo a la anciana. Si reconstruir la relación con su papá era el deseo de su abuela, entonces estaba dispuesta a intentarlo.
Jimena, entendiendo que forzar las cosas sería inútil, prefirió no insistir.
Las dos caminaron un rato más por la playa, luego dieron media vuelta y regresaron a casa.
...
En la casa de los Orozco.
Florencia apretó el celular entre las manos, dudando un buen rato hasta que, por fin, marcó un número.
—No —replicó Florencia, aunque en seguida se quebró otra vez—. No preguntes más, por favor. Todo es mi culpa. Si yo hubiera hecho las cosas mejor, mi hermana no me vería así. Pero voy a esforzarme para llevarme bien con ella, no quiero que mamá sufra por esto.
Cristóbal apretó los dientes, cada palabra de Florencia le caía como piedra.
—¿Quién se cree Melisa para tratarte así? ¿Y mamá y mi hermano mayor no hacen nada?
—Mamá y el mayor... —Florencia sonó todavía más lastimada—. Ellos también han sufrido por mi culpa. Cristóbal, solo quería platicar contigo. Quizá pronto tenga que irme de la familia Orozco. Ya sé que andas muy ocupado, pero antes de irme, quiero verte. Después de tantos años juntos, me cuesta mucho despedirme de ustedes.
Cristóbal se levantó de golpe, la silla casi se fue al piso.
—¿Quién te dio permiso de irte? —gritó—. La familia Orozco siempre será tu casa. ¿Quién se cree Melisa para venir a sacarte? Espérame, ahorita mismo regreso y arreglo esto.
No le dio oportunidad de contestar. La llamada se cortó de golpe.
Florencia dejó el teléfono sobre la mesa como si nada, se limpió las lágrimas, y en sus ojos apareció un destello de pura rabia.
Melisa.
¿Quieres acabar conmigo? Entonces yo me encargaré de destruirte primero.

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