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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 110

Bajo el cielo azul profundo y el blanco inmaculado de la fachada, Clara se asomó por la ventana como una brisa fresca de primavera. Su rostro radiante y lleno de vida quedó enmarcado en el cristal, congelado en su mirada como una pintura.

—Apenas son las 6 de la tarde, ¿por qué tenemos que irnos tan temprano? —preguntó Clara desde arriba.

—¿No planeas cenar? —Vicente alzó la mirada. Sus ojos, habitualmente fríos y duros, parecían extrañamente suaves bajo la tenue luz del atardecer—. ¿O pensabas conformarte con los canapés procesados que sirven en la gala?

—¡Entonces ceno aquí y luego nos vamos!

Clara no entendía la prisa.

Vicente abrió la puerta del auto, bajó y caminó hacia la entrada. Tocó el timbre.

Elisa abrió la puerta, asomó la cabeza y, al reconocerlo, la volvió a meter. Al segundo siguiente, Mauricio salió al jardín.

Para cuando Clara terminó de bajar las escaleras, Vicente ya había saludado con un cálido «señor Mauricio» y venía caminando detrás de Mauricio hacia la sala de estar.

Mauricio se dirigió al invernadero para buscar a Yolanda, Andrés y Silvia.

Clara se acercó y lo fulminó con la mirada.

—¿Quién te dio permiso de entrar?

Los ojos de Vicente brillaron con una ligera diversión.

—Clara, mientras el trámite legal no concluya, sigo siendo tu esposo. Y el yerno de la familia Soler.

Clara se quedó sin palabras.

Estaba a punto de amenazarlo, convencida de que algún espíritu maligno había poseído su cuerpo.

—¡Papá!

Silvia abrió la puerta corrediza y, riendo a carcajadas, corrió a lanzarse a los brazos de Vicente.

Él la atrapó en el aire y la cargó.

Habían pasado apenas unos días, pero Silvia parecía estar un poco más bronceada. Sus ojos, negros como uvas oscuras, brillaban con más intensidad que nunca.

Andrés, que venía justo detrás de ella, tenía el mismo brillo.

Era evidente que se lo estaban pasando de maravilla en casa de los Soler.

Vicente levantó la vista y se puso de pie.

—Señora Yolanda...

Durante los últimos cinco años, cada vez que Yolanda lo veía, le sonreía cálidamente y lo llamaba «Vicente».

Pero esa noche, la amabilidad se había esfumado por completo. Se habían divorciado apenas el lunes, y la actitud de su suegra había dado un giro drástico.

Vicente miró a Clara de reojo, como si pensara: Ahora entiendo a quién saliste.

Sapos hay muchos, pero hombres buenos de dos piernas también sobran.

Y si no aparecía ninguno, como bien decía Clara, ser una mujer soltera, rica y feliz no sonaba nada mal.

Pero Mauricio no lo veía así.

Su hija había pasado los primeros veinte años de su vida sumida en la soledad, sufriendo la falta de cariño. ¿Acaso iba a pasar el resto de su vida de la misma manera?

Él no podía tolerar esa idea.

Una mujer divorciada, con dos hijos a cuestas y, para colmo, exesposa de Vicente. Solo con esos antecedentes, cualquier heredero de la alta sociedad de Valle Dorado huiría despavorido.

Y si se fijaba en un hombre común, ¿quién le garantizaría que no se acercaría a ella solo por su dinero? ¿Qué tal si resultaba ser un cazafortunas que solo quería aprovecharse de ella?

—Entonces, ¿lo que papá quiere es que no me divorcie? —preguntó Clara en voz baja.

—Tampoco es eso... —Yolanda negó con la cabeza—. Él dice que el hecho de que Vicente ya no sea su yerno, no significa que haya dejado de ser un ser humano.

»Piensa que si lo tratamos con cortesía y amabilidad, tal vez Vicente recuerde los buenos tiempos y, en nombre del matrimonio que compartieron y de los niños... decida protegerte y cuidarte en el futuro...

—¡Mamá!

Las lágrimas brotaron de los ojos de Clara antes de que pudiera detenerlas.

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