El coche se desvió de la avenida principal hacia una calle secundaria, tomando claramente una ruta diferente.
Clara se giró para mirar a Vicente.
—¿A dónde vamos?
—A venderte. —Al ver su cara de incredulidad, Vicente esbozó una sonrisa de medio lado—. ¿Qué pasa? ¿No me crees?
En primer lugar, hacer eso era un delito.
Segundo, seguía siendo su esposa.
Y tercero, aunque dejara de serlo muy pronto, seguiría siendo la madre de sus dos hijos.
Clara resopló con desdén.
—No creo que el señor Velasco esté tan cegado por la lujuria como para cometer un delito.
Cegado por la lujuria.
Vicente sonrió.
—¡Veo que te tienes en muy alta estima!
Clara: ...
El camino se volvía cada vez más estrecho, y cuando el auto por fin se detuvo, todo alrededor estaba oscuro.
Solo una callejuela lateral desprendía una tenue luz amarillenta.
Clara se bajó del coche movida por la pura curiosidad.
¿El intocable e inalcanzable señor Velasco frecuentando callejones oscuros y abandonados?
Vicente la tomó de la mano y la guio hacia el interior del callejón.
—Te traje a probar la mejor sopa de todo Valle Dorado.
¡Ay, por favor!
¡Nadie iba a creerse eso!
¡La mejor sopa casera del mundo era la que preparaba su madre!
¿Quién podría superar eso?
Pero, en cuanto probó el primer bocado, Clara se quedó muda y no pudo ni hablar.
Por culpa de aquel vestido tan ajustado, en la cena apenas había comido dos bocados.
Y en la subasta tampoco se había atrevido a tocar la mesa de postres.
Pero aquella sopa estaba tan deliciosa que se sentía en el cielo; servida en aquel rústico cuenco de cerámica, el platillo se veía increíblemente apetitoso.
Miró a su alrededor: un local minúsculo, mesas y sillas gastadas, y clientes que charlaban en voz baja, evidenciando que todos se conocían de años.
Después de un largo rato, Clara por fin reaccionó.
—¿Estamos en el Distrito Histórico?
Vicente la miró con cara de pues claro, ¿dónde más?.

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