Camisa blanca y pantalones negros de vestir, con los primeros dos botones desabrochados. El hombre, de postura impecable, estaba apoyado contra el auto.
Bajo la pálida luz de la luna, la pulsera de cuentas que rodeaba su muñeca lucía de un color intenso, casi hipnótico.
Parecía un espectro cautivador salido de las sombras de la noche.
Al escuchar el ruido, Vicente levantó lentamente la mirada hacia ella y se enderezó.
Clara pareció recuperar el aliento y exhaló suavemente mientras se acercaba.
—Dámela... —No abrió la puerta principal, sino que extendió la mano por entre los barrotes de la reja blanca de hierro forjado.
Vicente levantó la mano y la tomó de la muñeca. La pulsera se deslizó desde su mano hasta la de ella.
En su mente aún seguía grabada esa imagen desaliñada pero deslumbrante de hacía unos momentos.
Al instante, la pulsera, impregnada con el aroma de ambos, adquirió un matiz íntimo y provocador.
Clara intentó retirar la mano, pero él no la soltó.
Al levantar la vista, notó que los ojos de Vicente reflejaban una ternura especial bajo la luz de la luna.
—¡Clara, me la pasé muy bien esta noche! —dijo él.
A estas horas de la madrugada, no hay necesidad de ponernos a compartir nuestros sentimientos, ¿verdad?
Su mirada se posó en la joya de veinte millones. Clara asintió.
—¡Yo también la pasé bien! ¡Que tengas un buen fin de semana!
Aprovechando un descuido, Clara retiró la mano abruptamente, le dio las buenas noches y salió corriendo.
El borde de su camisón de pijama ondeaba sobre sus pantorrillas. Ágil como un conejo, desapareció en cuestión de segundos.
Vicente esperó de pie hasta que escuchó cerrarse la puerta de la casa, antes de darse la vuelta, subir al auto y marcharse.
—¡Ay! —Clara soltó un grito ahogado y se quedó paralizada en el vestíbulo de la sala principal de la mansión.
Las luces se encendieron. Yolanda estaba sentada en silencio en el sofá, quién sabe desde hacía cuánto tiempo.
—¡Mamá, me diste un susto de muerte! —Clara se llevó una mano al pecho y se acercó—. ¿Te desperté?
Entró y salió un par de veces, y Yolanda llegó a pensar que se había metido un ladrón.
Al asomarse por la ventana, había visto a Clara y Vicente tomados de la mano, despidiéndose con dificultad.
Parecían dos adolescentes enamorados escondiéndose de sus padres.
Luego, al fijarse en la pulsera de cuentas que colgaba de la muñeca de Clara, Yolanda frunció el ceño.
—¿Te la regaló el señor Vicente? —preguntó en un tono severo.

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