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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 29

—¡Buaaa...!

Clara había comido muchísimo; la mesa estaba llena de todos sus platillos favoritos.

Poco después del almuerzo, le dio el típico "mal del puerco".

Yolanda la trató como a una niña chiquita y la mandó a dormir una siesta a su habitación.

Entre sueños, Clara escuchó unos llantos ahogados. Se dio la vuelta en la cama y el sonido desapareció.

Cuando finalmente se despertó y bajó las escaleras, se encontró a Mauricio con Silvia en brazos, viendo la televisión.

La niña acababa de llorar, tenía los ojitos rojos, y miraba un programa infantil mientras sollozaba de vez en cuando.

En la pantalla, unos personajes de colores brillantes reían a carcajadas.

A un lado estaba Yolanda con un plato de fruta, dándole fresas y cerezas a Silvia en la boca para consentirla.

Clara se acercó rápidamente.

—¿Qué pasó aquí?

—Mamá... —Silvia hizo un puchero y corrió a abrazarse a las piernas de Clara.

Mauricio se apresuró a explicarse, luciendo bastante culpable:

—Fue culpa mía por no cuidarla bien...

En el invernadero, además de las plantas y flores de Yolanda, estaban los dos loros de Mauricio, y un camaleón que Camilo había metido ahí quién sabe cuándo.

Resulta que abrieron la jaula y los loros volaron directo hacia la cabeza de Silvia.

Antes de que la niña pudiera reírse, vio al camaleón.

Se llevó un susto enorme, gritó "¡Abuelo, sálvame!", y al intentar correr pisó una herramienta de jardinería, dándose un buen golpe.

Se había raspado una manita y su vestidito se había rasgado al engancharse con una rama.

La pequeña miraba a Clara con una expresión tan triste que parecía a punto de llorar de nuevo.

Clara la abrazó y la acarició suavemente.

—Nuestra Silvia es una princesa muy valiente, no pasa nada, mi amor...

Mientras hablaba, la expresión de Clara cambió ligeramente.

Era normal que los niños se rasparan o se cayeran de vez en cuando.

Pero, ¿no era demasiada coincidencia lo rápido que Silvia se metía en problemas?

Llevaba en este mundo solo tres días y la niña ya se había perdido dos veces y ahora se había lastimado.

¿De verdad era todo una simple casualidad?

Eran un padre amoroso y una madre dedicada; no había ni un solo defecto que reprocharles.

¿Cómo era posible que antes siempre terminaran peleando a gritos en cada visita?

Clara no lo entendía.

Pero afortunadamente, eso era cosa del pasado.

Después de cenar con la familia Soler, ya casi oscureciendo, Clara finalmente decidió irse.

Incluso cuando el auto ya estaba bastante lejos, por el espejo retrovisor aún podía ver a Yolanda y Mauricio parados en la entrada despidiéndose.

Clara sintió que el corazón se le derretía de ternura.

—¡Ya llegamos!

—¡Andrés!

De regreso en la Mansión de la Colina, la casa estaba tan silenciosa que parecía un cementerio.

Clara cruzó miradas con Silvia. Mientras la niña corría a subirse a la resbaladilla, Clara subió las escaleras y ambas se encontraron en el cuarto de juegos.

Andrés estaba dibujando.

Clara le entregó la medallita protectora que su abuelo le había mandado, y luego fue a su habitación a cambiarse por ropa cómoda.

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