Si lograba un embarazo múltiple, incluso podría tener la opción de elegir el sexo de los bebés más adelante.
En los dos extremos de la balanza estaban: por un lado, una esposa como Clara, por la que él no sentía absolutamente nada, junto a un niño y una niña.
Y por el otro, ella, la mujer que había crecido a su lado, con la que compartía tantas cosas, junto a dos niños y una niña, o tal vez tres niños.
Llegado ese momento, ¿a quién elegiría Vicente?
¡Clara, vas a perder!
—Jefe, vicepresidenta Paulina, hemos llegado.
El auto se detuvo y Paulina salió de sus pensamientos.
Se giró hacia Vicente y le dedicó una sonrisa brillante y sofisticada.
El almuerzo estaba organizado en el Restaurante El Mirador, en el último piso del Gran Hotel de Loma Gris.
Apenas se abrieron las puertas del ascensor, Fabián, vestido con un impecable traje gris, se acercó y le dio un amistoso golpe en el hombro a Vicente.
—¡Vaya, señor Velasco! Viene a la ciudad y ni siquiera me avisa con tiempo. ¿Tengo que enterarme por las noticias? ¡Qué mal amigo!
La luz del mediodía entraba a raudales por los inmensos ventanales de cristal. El enorme restaurante, capaz de albergar decenas de mesas, había sido reservado en su totalidad.
Alrededor de la mesa redonda del centro, hombres y mujeres se pusieron de pie.
Todos eran rostros conocidos.
La expresión de Vicente se relajó un poco.
Sabía que, con toda esa gente allí, la comida no terminaría hasta la hora de la cena.
Vicente miró a Julián por encima del hombro.
—Ve a almorzar. Tienes la tarde libre para dar una vuelta por la zona y comprarle algunos recuerdos a tu familia.
Eso significaba claramente que ya no lo necesitaría por el resto del día.
Julián asintió.
—Sí, señor.
El corazón de Paulina empezó a latir más de prisa.
—Paulina, ¿cuándo regresaste? Ya veo que el cariño de los viejos compañeros no se compara con el del viejo amor...
—¡No digas tonterías!
Aunque ella respondiera así, cualquiera de los presentes podía ver la mirada tierna y los ojos llenos de afecto que no dejaban de buscar a Vicente.
De inmediato, las bromas subieron de tono.
Con un par de copas encima, los hombres empezaron a recordar sus tiempos universitarios.
Varias excompañeras se agruparon para charlar sobre el trabajo y la familia.
Como era de esperarse, el tema de conversación giró rápidamente hacia Paulina.
—Paulina, has estado soltera todos estos años... ¿De verdad estás esperando a Vicente?
—Te aconsejo que no lo esperes más. Aunque se dice que Vicente y su esposa no tienen la mejor relación, al fin y al cabo tienen hijos. No es tan fácil divorciarse.
Una tras otra, aquellas palabras sobre el «mor verdadero» llenaban sus oídos, haciéndola sentir que su sueño estaba a punto de hacerse realidad.
El corazón de Paulina flotaba en las nubes.
—No puedo más, no aguanto más... ¡pausa para el medio tiempo!
Alguien gritó que continuarían por la tarde.
Paulina se giró y vio a un grupo de hombres poniéndose de pie, caminando hacia la salida con pasos tambaleantes.
Las habitaciones del hotel estaban justo debajo. Comida, descanso y cena, todo en un solo lugar.
Era raro que todos pudieran reunirse así, de modo que era natural que bebieran hasta perder el conocimiento.
Sin mencionar que, en este tipo de reuniones, un par de buenas palabras podían cerrar negocios millonarios.
Paulina buscó a Vicente con la mirada.
El hombre no mostraba ni un gramo de torpeza. Solo un ligero brillo etílico en sus ojos delataba que había estado bebiendo. Sus pasos eran firmes y cada uno de sus movimientos irradiaba la seguridad y el control absoluto de un verdadero líder.
Llevaba la chaqueta del traje sobre el antebrazo.
La camisa negra marcaba a la perfección su figura esbelta y fuerte.
Cada uno de sus pasos desprendía una intensa ola de masculinidad.
El corazón de Paulina se aceleró. Se puso de pie rápidamente y corrió tras él.
—Vicente...

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