—Sí, aquí estoy. ¿Qué pasa?
—Oh, qué bueno, qué bueno.
Yolanda sonrió, cambió de tema y le dijo que le había mandado a hacer un conjunto de joyas, preguntándole cuándo tendría tiempo para pasar a recogerlo.
Sintiendo que había algo oculto en sus palabras, apenas colgó la llamada, Clara entró de inmediato al portal de noticias de la capital.
El titular de la sección de finanzas era Vicente.
Como invitado especial en la apertura de la cumbre, Vicente había dado un discurso improvisado que no solo fue aclamado por los presentes, sino que también recibió excelentes reseñas desde diferentes perspectivas por parte de varios analistas económicos.
En los periódicos de entretenimiento, las alabanzas hacia Vicente eran aún más exageradas.
Pero lo que más había captado la atención de todos era el rostro familiar y largamente ausente que lo acompañaba.
Paulina.
Él, impecable en su traje, irradiaba un atractivo y una presencia dominante y segura.
Ella, elegante y radiante, lucía espectacular, desbordando un aire de mujer de clase alta, como si fuera la verdadera protagonista.
Y con un par de menciones al «pasado», la historia de los dos amigos de la infancia que regresaban para estar juntos y brillar como la pareja perfecta se había adueñado de los titulares.
Clara por fin entendió lo que Yolanda había querido preguntarle.
Mi niña, ¿Vicente y tú están bien?
En la cama... bastante bien.
Fuera de ella... más o menos.
Pero, ¿acaso podía decirle eso?
¡Evidentemente no!
Clara se dio un pequeño golpe en la cabeza, como si quisiera sacudirse de encima esos pensamientos llenos de lujuria que le carcomían la mente.
La noche anterior se había dejado cegar por la pasión.
Primero fue esa mirada profunda y anhelante de Vicente, que la miraba como un perro abandonado.
Y luego aquella frase: ¿Y cómo crees que se concibieron ellos?
Frente a semejante nivel de seducción, una mujer común y corriente como ella, ¿cómo iba a resistirse?
Casi había caído en la trampa.
Menos mal que su cerebro reaccionó rápido.
Y menos mal que Vicente se comportó como un ser humano civilizado.
Clara se dio unas palmaditas en las mejillas, que aún sentía calientes, y dejó de imaginar tonterías.
El teléfono vibró con una notificación.
Selena: [Hermana, ¿tú y Vicente están bien?]
Selena: [Mi cuñado solo cometió el típico error que todos los hombres cometen, ¡no te enojes!]
Selena: [enlace.com]
La razón le decía a Clara que no abriera ese enlace.
Que era una trampa.

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