Al terminar la frase, hubo un profundo silencio en la línea.
El corazón de Yolanda latía con fuerza.
En el pasado, le había dicho cosas similares, y cada vez Clara terminaba respondiendo con un amargo: «Sí, sí, sí, todos ustedes tienen razón, la culpa siempre es mía, ¿contenta?». Y la conversación terminaba en pelea.
En el fondo, sabía que la culpa era de ellos.
Si la familia Soler tuviera más poder, o si no hubiera una brecha tan grande comparada con los Velasco...
¿Tendría su hija que soportar estas humillaciones?
—Clara, no te estoy diciendo que...
—¡Lo sé, mamá! —respondió Clara con una voz suave y una sonrisa—. ¡Sé que lo dices por mi propio bien!
Yolanda se quedó atónita.
—Mamá, te llamo más tarde...
Clara colgó la llamada.
En la sala de estar de los Soler, Yolanda se quedó mirando el teléfono, paralizada.
A su lado, Selena se acercó y le acarició la espalda suavemente, como para calmarla.
—¡Mamá, no te enojes! No es la primera vez que mi hermana tiene ese mal genio, ella es así, no te lo tomes a pecho. ¿Qué te parece si te acompaño a dar un paseo para distraerte? Vamos a...
No pudo terminar la frase. Se topó de frente con la mirada de Yolanda.
Una mirada afilada.
Severa.
Selena se detuvo en seco.
—Mamá, tú... ¿qué tienes?
—¿Quién te dijo que estoy enojada? —preguntó Yolanda, mirando a Selena con evidente insatisfacción—. Y dime, ¿quién dijo que Clara tiene mal genio?
Antes siempre era igual. Cada vez que Clara perdía los estribos, Selena venía a consolarla.
Cada una de sus palabras daba justo en el clavo de sus sentimientos.
Luego, con la excusa de acompañarla a distraerse, se iban juntas de compras.
Y la mayoría de la ropa y joyas que compraban terminaban siendo para Selena.
Cuando Clara volvía a casa y veía eso, se enojaba aún más.
Pero Yolanda siempre se aseguraba de comprarle cosas mejores y más bonitas a Clara también.
Antes, estaba demasiado ocupada sintiéndose molesta como para analizar la situación.
Pero hoy, Clara claramente no había perdido los estribos.
Y, sin embargo, Selena usaba exactamente el mismo discurso de siempre, como si estuviera completamente segura de que Clara le había gritado.
—Selena, ¿qué hiciste?
¿Qué?
Selena se encontró con la mirada escrutadora de Yolanda.
Sus ojos temblaron levemente y su voz adquirió un tono lloroso.

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