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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 75

¡De ninguna manera!

Oye, los papeles ya estaban firmados y la fecha para el trámite estaba decidida.

¿Acaso no se daba cuenta de que ella le estaba pidiendo ayuda?

Tantos años de matrimonio, y no le podía hacer este pequeño favor, ¿en serio?

El cerebro de Clara trabajaba a mil por hora, intentando pensar de qué forma iba a suplicarle.

Humillarse por completo no parecía la opción más adecuada.

Entonces...

—¡Ay, qué malo eres, tú ya sabes cómo!

Clara le devolvió la pelota.

Las tres mujeres se quedaron con la boca abierta.

Esos dos... ¿de verdad estaban coqueteando?

Entonces, ¿se iban a divorciar o no?

Si Paulina se enteraba de que ellas habían ido a provocar a Clara, y que como resultado ella había dejado de lado todo su orgullo para rogarle a Vicente que no se divorciaran...

¿Qué sería de ellas?

Tenían miedo de que, si se quedaban un segundo más, escucharan a Vicente decir que sí.

Sin siquiera esperar el café y los pasteles que el mesero acababa de traer, las tres salieron huyendo.

La puerta de la cafetería se abrió y se cerró; desaparecieron a la velocidad de la luz.

Clara apartó la mirada, tomó el teléfono y quitó el altavoz.

—Vicente, ¿de verdad eres capaz de manejar esto? Todavía no nos divorciamos y ya lo sabe todo el mundo. ¿Por qué estás rodeado de tantos chismosos?

—¿Si soy capaz o no… y tú no lo sabes?

Estaba claro que el hombre había perdido por completo el hilo de la conversación.

Clara se quedó paralizada un instante y, sin quererlo, sus mejillas se sonrojaron.

—Como sea, ten cuidado con el asunto del divorcio. Si las acciones de tu empresa caen, ni pienses en echarme la culpa a mí. Y por cierto...

—¡Incluso si te vas a la quiebra, la pensión alimenticia que me prometiste no puede disminuir ni un solo centavo!

¡Pip!

Al colgar, no solo le ardían las mejillas, sino también las orejas.

Clara le dio un sorbo a su café helado, se levantó y se dirigió a la zona de juegos infantiles.

En la sala privada del bar.

Vicente miró la pantalla de la llamada terminada, apretando los dientes.

Sabía que las mujeres eran volubles, pero ¿no era demasiado rápido el cambio de actitud de Clara?

Lo usaba y lo botaba, ¡cada vez con más facilidad!

Vicente tomó su vaso y se dio un trago largo.

Al verlo beber en silencio, Lucas hizo un gesto para que alguien más lo reemplazara en su juego, y se acercó a Vicente con cautela.

—Amigo, por lo que veo... no pareces muy feliz, ¿verdad?

Paulina había regresado.

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