Ya era de día, y la luz de la mañana inundaba la habitación.
Vicente volteó y vio que la cama a su lado estaba vacía.
Se sentó, y en la mesa de noche encontró una pila de ropa nueva y limpia.
Desde ropa interior hasta exterior.
No sentía dolor de cabeza por la resaca, ni había perdido la memoria.
Vicente podía recordar claramente cada detalle de la noche anterior.
La extraña sensación de nerviosismo cuando cenó con Clara y los niños, como si estuviera viviendo en otro mundo.
La expectativa silenciosa en su pecho cuando llamó a la puerta.
Y su rabia reprimida cuando el whisky le quemó la garganta y el estómago.
Y también...
Ese sabor dulce que probó en sus labios cuando Clara, con las mejillas sonrojadas, intentó patearlo.
Hasta el sentimiento de satisfacción absoluto cuando los niños se quedaron dormidos a su lado, algo que nunca había experimentado.
Vicente estaba cien por ciento seguro: esta era la vida que él quería.
Se vistió con tanta prisa que se abotonó mal la camisa.
Al echarse agua fría en la cara, sentía que la sangre le hervía.
Con el corazón latiendo a mil por hora, Vicente bajó corriendo al primer piso.
—Clara...
Sus palabras se cortaron de golpe.
En el comedor, Clara, la señora Lana y los niños se giraron al mismo tiempo para mirarlo.
A Vicente se le cortó la respiración.
Un vestido rojo sin tirantes, y una gargantilla negra en el cuello.
El contraste entre ambos colores le sentaba de maravilla.
Con su maquillaje impecable, Clara se veía asombrosamente hermosa.
Era una faceta de ella que él nunca había visto.
En los recuerdos de Vicente, Clara nunca se había visto así de espectacular.
Cuando recién se casaron, ella era apasionada y extrovertida.
Durante el embarazo, siempre estaba de mal humor.
Y después de eso, todos sus recuerdos de ella eran negativos.

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