Ivana despertó poco después de ser llevada al hospital, como si saliera de un sueño muy largo.
El familiar olor a desinfectante volvió a inundar sus fosas nasales. No necesitaba preguntar para saber que estaba en un hospital.
—¡Ya despertaste!
Junto a ella había una enfermera que, al parecer, había venido a cambiarle el suero. Al ver que ya se había terminado, le retiró la aguja.
Ivana se sentía muy mareada. Se tocó la frente instintivamente y notó una gasa.
—Ya te revisaron. Tienes una conmoción cerebral leve. Aunque la bolsa de aire se desplegó, tu frente se golpeó con el volante roto. Ya te suturaron la herida.
La enfermera era joven y parecía amable.
Ivana dijo con voz ronca:
—Gracias.
—Fuiste muy descuidada. Por suerte, el carro apenas se movía y solo chocaste contra la barrera del estacionamiento. ¿Acabas de sacar la licencia?
Era un error tan tonto que era normal que la enfermera lo preguntara.
Ivana no supo qué explicar y dijo, avergonzada:
—Tendré más cuidado la próxima vez.
De repente, su celular vibró.
Ivana lo tomó, echó un vistazo y frunció el ceño de inmediato.
Mientras recogía el equipo del suero y los algodones, la enfermera dijo:
—Mientras estabas inconsciente, ya contactamos a tu familia.
Ivana forzó una sonrisa, colgó la llamada, bloqueó el número y, agarrando su ropa, se levantó de la cama.
Se dio cuenta de que también tenía un mensaje, era de Nelson.
[¿Estás en la sala de emergencias del hospital? ¿Qué habitación?]
Enseguida, le entró una videollamada de él.
Ivana, inexpresiva, la colgó, lo bloqueó también y bajó en el elevador para ir al vestíbulo a completar los trámites de pago.
Casualmente, Nelson acababa de llegar corriendo por el pasillo.
Al ver en su celular que su número, tan familiar, había sido bloqueado, su rostro se ensombreció al instante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado