En cuanto Nelson entró, la puerta del dormitorio se cerró de un portazo, aislando la habitación de todas las miradas.
Al pie de la cama había una maleta, la de Ivana.
En ese momento, ella estaba agachada a un lado, buscando algo con desesperación.
El cortauñas, los pañuelos, un vaso, un cuaderno… todo estaba ahí. ¿Por qué no encontraba su gabardina?
Estaba segura de haberla guardado en el fondo, ¡incluso la había sellado en una bolsa a prueba de humedad!
Escuchó pasos detrás de ella, pero no les prestó atención.
—¿No se te duermen las piernas de estar tanto tiempo en cuclillas?
Ivana frunció el ceño al verlo. —¿Tocaste mi maleta? ¿Por qué no encuentro mis cosas?
Nelson jugueteaba con algo en sus manos, su tono era indiferente. —¿Qué es eso que te importa tanto? Ni siquiera te vi buscar tu anillo de bodas cuando lo perdiste.
Ivana perdió la paciencia y le gritó:
—¡¿Dónde está mi ropa?!
—¡Ah! —respondió Nelson con total despreocupación—. ¿Te refieres a esa prenda vieja? La tiré a la basura.
Ivana frunció el ceño aún más y se levantó de inmediato para buscar en el bote de basura.
Pero al ver lo que había dentro, se le heló la sangre. Aquella gabardina color caqui que había guardado con tanto esmero durante años, sin un solo rasguño, ahora yacía allí, hecha jirones, brutalmente rasgada en varios pedazos.
A Ivana se le fue el piso y por poco se desploma. Con manos temblorosas, recogió los trozos con cuidado.
¡Esa prenda significaba demasiado para ella!
Nunca olvidaría aquel día. Abandonada por su padre, entró al hospital asustada y desamparada, y fue entonces cuando aquel muchacho le ofreció su ayuda y consuelo.
Fue una conexión casi predestinada, como si su alma, perdida en medio de la multitud, hubiera encontrado su salvación.

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