Y tenía que presentarse impecable. No iba a permitir que la vieran entrar en una patética silla de ruedas, porque eso arruinaría por completo su plan.
—Adán, te lo ruego, concédemelo.
Adán observó su rostro pálido pero lleno de una determinación inquebrantable. Una batalla feroz se libraba en su interior.
Como médico, sabía que era una negligencia terrible.
Pero como el hombre que la había amado en silencio durante tantos años, no soportaba verla hundirse en esa espiral de locura y desesperación.
Sabía que Yadira lo estaba manipulando; por eso no había llamado a una ambulancia desde el principio.
Con los ojos enrojecidos, Adán sucumbió de nuevo. Se dio la vuelta y fue a la farmacia de su consultorio a preparar los medicamentos.
Al inyectar el líquido anestésico en las piernas destrozadas de Yadira, le advirtió:
—Va a doler un poco.
Pero Yadira ya no sentía nada; solo le importaba que el efecto empezara lo antes posible.
Adán era un ortopedista excepcional y sabía exactamente cómo aplicar el medicamento para minimizar el daño. Distribuyó las inyecciones en varios puntos clave. Cuando terminó, él mismo estaba empapado en sudor por los nervios.
Mientras esperaban que la anestesia hiciera efecto, el silencio en la clínica se volvió asfixiante.
Media hora más tarde, Yadira, impaciente, se apoyó en el brazo de Adán y se puso de pie lentamente.
Las Inyecciones de bloqueo eran casi mágicas; el dolor insoportable había desaparecido, reemplazado por una sensación de entumecimiento y pesadez.
Una vez de pie, Yadira tomó un elegante vestido largo que Adán le había conseguido.
Tras cambiarse, se sentó frente al espejo, se limpió el rostro sucio con toallitas húmedas y se maquilló cuidadosamente para lucir pálida pero hermosa, logrando un aspecto frágil sin parecer desaliñada.
En el espejo, su tez era casi fantasmal, pero sus ojos brillaban con una escalofriante calma.
—Vámonos —dijo en voz baja.

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