Tras escuchar todas esas palabras, Nelson Zavala parecía un poco molesto, pero, sin atreverse a estallar, no le quedó más remedio que seguir suavizando su tono.
—Sé que ustedes dos siempre han tenido sus diferencias, pero ahora Ivana y yo estamos casados. Ella es mi esposa y es imposible que nos divorciemos. Yadira, te lo pido, por los viejos tiempos, ¿me ayudarías?
Para su sorpresa, decir eso fue peor que arrojarle leña al fuego.
Yadira lo miró fijamente a los ojos y soltó una carcajada amarga.
—¿Tienes el descaro de hablarme de los viejos tiempos? En el momento en que decidiste casarte con otra, lo nuestro quedó en el olvido.
—Además, ¿no fuiste tú mismo quien dijo que esos cinco años que estuvimos juntos solo fueron un juego? ¡No puedo creer que te atrevas a apelar a nuestro pasado!
Mientras hablaba, agarró la almohada que tenía al lado y se la arrojó con fuerza al hombre que estaba frente a ella.
Nelson ni siquiera intentó esquivarla. El golpe le dejó los lentes torcidos.
Se quedó allí de pie, junto a la cama, mirando los ojos de Yadira, llenos de ira y decepción, y sintió una punzada de culpa.
Unos segundos después, se inclinó, recogió la almohada del suelo, la volvió a poner sobre la cama y dijo con tono sincero:
—Sé que te hice daño en el pasado y que me equivoqué contigo, pero la policía ya se llevó a Ivana. Si aceptas retirar la denuncia, te daré lo que pidas. Ya sea dinero, recursos, o cualquier cosa en la que necesites ayuda en el futuro. ¡Haré todo lo que esté en mis manos!
Esas palabras fueron como una puñalada directa al corazón de Yadira, empeorando aún más su estado emocional.
Miró al hombre frente a ella con incredulidad, y su voz se quebró por la pura furia.
—¿Lo que yo pida?

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