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Lo Que Él No Quiso, Otro Lo Adoró romance Capítulo 3

Al regresar a la habitación, su tío ya se había tomado la medicina y estaba dormido. Martín le dijo a su hermana que se fuera a descansar y que regresara a la mañana siguiente. Angélica asintió obedientemente.

Salió por las puertas principales del hospital, dejando atrás el fuerte olor a desinfectante. Caminaba cabizbaja y, sin querer, chocó contra alguien.-

—Disculpe —murmuró sin levantar la vista, esquivándolo para seguir su camino.

Fabricio Sandoval se quedó paralizado, girando la cabeza para ver cómo esa silueta se alejaba.

—¿Fabricio? —el hombre a su lado lo codeó ligeramente—. ¿Qué pasa?

Roberto siguió la dirección de su mirada y soltó un sonido de comprensión.

—Ah, ella. Su tío está internado aquí. En el segundo piso, en urgencias normales.

—¿Y esta no es la clínica de los Herrera? —Fabricio apretó los puños.

—Sí —Roberto bajó la voz—. Pero dicen por ahí que Iván solo le pasa veinte mil al mes para los gastos y los suegros no le dan ni un centavo. Ni acciones, ni bonos, ni nada. Y dicen que la familia Herrera prohibió tajantemente que Iván apoyara los negocios del primo de ella.

Fabricio no respondió, su mirada seguía clavada en la entrada del hospital.

—Ya deja de mirar, el viejo nos está esperando —Roberto empezó a caminar—. Ya van a cerrar el horario de visitas.

—Dame las llaves de tu coche.

Roberto se quedó de una pieza, pero le entregó las llaves. Fabricio ya había salido corriendo.

Roberto se quedó parado allí, negó con la cabeza y murmuró para sí mismo:

—Ella ni siquiera se acuerda de ti, ¿qué necesidad tienes de sufrir así...?

***

Angélica estaba en la acera pidiendo un taxi por aplicación. La entrada del hospital era un caos de gente saliendo, autos amontonados y cláxones sonando por todos lados.

Miró la pantalla de su celular. El auto que había pedido seguía atascado a dos kilómetros, y el mapa mostraba las calles completamente rojas por el tráfico. El viento nocturno era frío, así que se cerró bien el cuello del abrigo.

De pronto, una camioneta SUV negra se detuvo frente a ella. La ventanilla bajó, revelando un rostro masculino excesivamente atractivo. El conductor llevaba un traje de tres piezas cuya tela brillaba con una elegancia discreta.

—¿Terminación 3688? ¿Usted pidió el viaje?

Esa era la terminación de su número. Angélica miró de nuevo la aplicación. Su taxi seguía a dos kilómetros, sin moverse un milímetro.

—Soy amigo del conductor —el hombre le extendió su identificación, la tarjeta de circulación y el celular—. Se le complicó venir y me pidió que la recogiera. Me suplicó que, por favor, no le ponga una mala calificación.

En la identificación decía: Fabricio Sandoval. Y la dirección no era de algún complejo de departamentos normal, sino un número exclusivo en una avenida céntrica.

Angélica dudó unos segundos, canceló el viaje en la aplicación, tomó sus cosas y se subió en la parte trasera. El coche estaba impecable, claramente de uso personal de alguien adinerado. Aun así, se sentía un poco nerviosa.

Capítulo 3 1

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