Dante entró en la habitación de su casa con cuidado, tratando de no despertar a su pequeña hija Catalina que dormía junto a su madre, Adriana. Su pequeña esposa. Una sensación de ternura lo invadió al ver esa escena, recordando lo afortunado que se sentía de tener a esas dos mujeres en su vida, aparte del pequeño León.
Decidió llevar a Catalina a su habitación para que descansara adecuadamente, asegurándose de que estuviera cómoda y abrigada en su cuna. Después, volvió a la habitación donde Adriana dormía plácidamente y se acostó a su lado, abrazándola suavemente y dándole besos tiernos en las mejillas.
Ella, aún adormilada, sonrió cuando sintió los labios de su marido sobre su piel. Poco a poco fue despertando y respondiendo a sus caricias, lo que avivó el deseo en Dante que, cediendo a la pasión que los consumía, empezó a besarla más apasionadamente, metiendo la lengua dentro de sus labios y jugueteando dentro de esa humedad.
Adriana abrió los ojos lentamente, encontrándose con el rostro de su marido muy cerca del suyo. Sonrió y suspiró de placer, disfrutando de sus suaves caricias en la parte superior de su cuerpo.
—Buenos días, cariño. ¿Cómo ha sido tu día? — le preguntó ellacon voz dulce y seductora.
Dante, aún abrazándola con intensidad, le habló emocionado sobre el nuevo proyecto en Londres.
—Cara, he tenido una buena noticia de esa sociedad en Londres.¿Te acuerdas que te había contado? — le preguntó y ella asintió con su pequeña cabeza —. No sé, estaba pensando ¿Crees que deberíamos considerar la posibilidad de comprar una casa allí también? — preguntó frunciendo el ceño y ella sonrió, es que lo amaba tanto tanto…
Ellos tenían casa en Milán y en Roma.
Ella, lo miró profundamente a los ojos,y respondió con voz seductora.
— Dante, amore mio, cualquier lugar en donde estemos juntos será nuestro hogar. No importa si aquí o allá, siempre seré feliz mientras te tenga a mi lado…—- susurró y pasó sus brazos por sobre el cuello musculoso de su marido atrayendo su cuerpo hacia ella.
Feliz por su respuesta y la entrega total de Adriana, Dante la abrazó con más fuerza y la besó apasionadamente, dejándose llevar por la pasión que los consumía como llamas ardientes. En ese momento, el resto del mundo desapareció y solo existían ellos dos, envueltos en su amor y deseo mutuo, como siempre.
Los cuerpos de ambos se entrelazaron con pasión, mientras sus manos se tocaban y sus lenguas danzaban juntas a la par. Sus gemidos y suspiros llenaban la habitación, demostrando el amor y la conexión profunda que compartían. No había lugar para el cansancio ni las responsabilidades diarias en ese momento y lugar, solo existía esa explosión de pasión y amor. De un mutuo deseo, que no se había apagado a través de los años.
Él colocó el pequeño cuerpo de su piccola sobre él, y agarró su perfecto culo mientras ella se frotaba con su entrepierna.
—Cómo me gustas…— susurró con esa voz profunda y ronca que la llenaba de excitación.
— Mi culo te gusta…— dijo ella sonriendo.
—Si, eso también… — admitió sonriendo a su vez él, y le quitó las bragas por debajo de la falda de su vestido mientras ella le abría la bragueta del pantalón.

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