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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1

Los goterones pesados caían sobre ella, uno tras otro. El impacto era fresco, pero dolía un poco.

Almendra Reyes miró el cielo, que de un momento a otro se había cubierto de nubes negras y relámpagos, y volvió a bajar la vista hacia la pantalla para seguir con su explicación.

—Esta es la salvia. Sirve para aliviar la fiebre y favorecer la hidratación. Se cosecha en otoño; ahora estamos en julio, así que todavía no está lista.

Su cámara enfocaba una planta de flores moradas entre la maleza. La calidad de la imagen era excelente y su voz, nítida. En la esquina superior derecha, el contador de espectadores marcaba más de doscientos mil.

En la parte inferior izquierda, los comentarios del chat aparecían sin parar.

[¡Amo a la doctora Alma! Fui hasta su ciudad para que me atendiera y de verdad me curó una tendinitis que arrastraba por años.]

[¡Yo también fui con ella! Sus remedios son milagrosos. ¡Me los tomé y se me quitó todo!]

[¿Está lloviendo por allá, doctora? Se ve que es un aguacero. ¡Póngase a resguardo, doctora Alma!]

Almendra también sintió que la lluvia arreciaba. Ya había recogido las hierbas que necesitaba, así que, mientras caminaba hacia la sombra de unos árboles frondosos, le dijo a su audiencia:

—Empezó a llover. Vamos a dejarlo aquí por hoy, ya otro día…

No alcanzó a terminar la frase. Sintió que algo le trababa el pie y cayó de bruces contra el suelo. De repente, tenía la boca llena del sabor a hierba mojada.

Soltó una maldición entre dientes y levantó la cabeza, con el ceño fruncido. La transmisión se había cortado por el golpe. Dejó el celular a un lado, tomó aire y se giró para ver qué demonios la había hecho tropezar.

Esperaba encontrarse una rama seca o un tronco, pero lo que vio la dejó helada. ¡Era una persona!

Sí, no había duda. Un hombre, vestido con un traje negro. Como ya oscurecía y la lluvia no paraba, apenas se distinguía entre la hierba alta.

Cuando pudo verle la cara, Almendra se quedó pasmada.

—Si no te quieres morir, no te muevas.

Fabián Ortega sentía la pierna izquierda como si estuviera deshecha; apenas podía moverla. Veía todo borroso y la cabeza le daba vueltas, sin poder distinguir con claridad lo que pasaba a su alrededor. Pero era consciente de que alguien estaba atendiéndole la herida y, aunque dolía como el infierno, podía soportarlo.

Unos quince minutos después, Almendra ya le había limpiado, vendado e inyectado el suero con una eficacia pasmosa. El hombre estaba fuera de peligro.

—Ya te curé la herida. Llama a tu familia para que venga por ti.

No se molestó en preguntarle qué hacía un hombre solo en ese lugar. No era su problema.

A Fabián le escurría sudor frío por la frente, pero la lluvia lo había empapado por completo y ya era imposible distinguir una cosa de la otra.

***

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