Intentó enfocar la vista para distinguir la figura que tenía enfrente, pero le fue imposible.
—No hay señal… —logró decir, con la respiración entrecortada.
Almendra frunció el ceño. Qué fastidio.
—¿Y tu celular?
—En el bolsillo.
Se inclinó para buscarlo. Sus manos pequeñas exploraron torpemente el cuerpo musculoso de Fabián, hasta que él le sujetó la mano.
—En el de adentro. El derecho —dijo con voz ronca y débil.
Almendra miró de reojo al hombre, que parecía a punto de desmayarse, y encontró el celular en el bolsillo interior de su saco.
Fabián mantenía los ojos cerrados.
—El primer contacto —susurró con voz grave y exhausta.
Almendra abrió la agenda y, sin mirar el nombre, marcó el primer número.
Apenas sonó una vez cuando alguien contestó del otro lado.
—¡Señor! ¿Dónde está? ¡Está lloviendo a cántaros en la sierra! ¿Se encuentra bien? —dijo una voz angustiada.
Fabián no respondió. Almendra titubeó un segundo y habló por él.
—Está herido. Vengan a recogerlo lo antes posible.
Al otro lado de la línea, el mundo pareció venírsele abajo al interlocutor.
—¿Qué? ¿El señor está herido? Señorita, por favor, ¿cómo se encuentra? ¿Dónde está exactamente?
—La herida ya está tratada. Ahora mismo está en…
Almendra miró a su alrededor, a las montañas que los rodeaban, y fijó la vista en una arboleda de espinos silvestres no muy lejos de ahí.
—A mitad de la ladera, hacia el oeste, hay una arboleda de espinos silvestres. Al lado hay un sendero. Vengan por él aquí.
No había muchas referencias claras en la zona, pero esa arboleda era bastante conocida.
Colgó. Al celular solo le quedaba el uno por ciento de batería y se apagó por completo. Almendra se lo guardó de nuevo en el bolsillo a Fabián.
—Me salvaste la vida. Pide lo que quieras, te lo daré —insistió Fabián. Nunca le había hablado tanto a una mujer.
—La consulta son 900. Acepto transferencia o pago con código. No fío.
Fabián la miró, incrédulo. ¿Era posible que una simple muchacha de campo estuviera insinuando que él, el hombre más rico de La Concordia, no tenía dinero?
—En cuanto vuelva, te…
—Olvídalo. Tengo cosas que hacer. Espera aquí tranquilamente. Yo me voy.
Dicho esto, Almendra lo soltó sin miramientos en la hierba a un lado del camino, se echó la canasta a la espalda y se dispuso a marcharse.
Fabián no tenía fuerzas para seguirla, pero justo cuando ella se daba la vuelta, reunió la energía que le quedaba para aferrarse al borde de su blusa. Almendra, tomada por sorpresa, perdió el equilibrio y cayó directamente sobre él.
Y lo más increíble de todo fue que…
Sus narices chocaron. Sus labios se estamparon contra los de él. Y ella estaba encima, él debajo.
***

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