—Alme, estás demasiado delgada. Tienes que reponerte.
Almendra no tenía ganas de beber aquello. Estaba perfectamente sana, no necesitaba esas cosas.
—Has estado lejos dieciocho años, estás tan flaca que un soplo de viento podría derribarte —dijo Frida con la voz entrecortada y los ojos enrojecidos—. Si no te cuidas, yo…
Al ver que las lágrimas de Frida estaban a punto de desbordarse, Almendra tomó una de las tazas.
—Me lo beberé.
Bajo la atenta mirada de Frida, se tomó las dos infusiones. Solo entonces Frida y las sirvientas salieron de la habitación. Antes de cerrar la puerta, Frida le guiñó un ojo de forma misteriosa.
—Alme, duerme bien. Mañana por la mañana te espera una sorpresa.
Almendra se quedó perpleja.
Al ver la puerta cerrarse, una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Así que esto era sentirse querida por sus padres.
El día había sido largo y estaba realmente cansada. Fue al vestidor, se puso un pijama y, al mirarse de pasada en el espejo, se quedó helada.
¿Y su dije de jade?
Se tocó el cuello, ahora vacío, y empezó a buscar por toda la habitación, pero no encontró nada.
Se quedó quieta, intentando recordar. De repente, le vino a la mente la imagen de aquel hombre en la sierra. Cuando la hizo caer, sintió que le tiraba del dije.
¿Se le habría roto y caído en la montaña?
¡Maldita sea!
Frunció el ceño y se pasó las manos por el pelo, frustrada.
El dije en sí no era valioso; era una pieza de jade nefrita común. Pero para ella tenía un significado muy especial. Según le había contado su abuela, de pequeña siempre estaba enferma. Cuando cumplió tres años, la abuela fue a una capilla y le consiguió un amuleto de jade para protegerla. En el reverso, había mandado grabar su nombre. Lo había llevado consigo toda la vida.

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