—Sí. A ti te entregaron por error a los Farías de Atlamaya, mientras que la verdadera hija de los Farías fue criada por los Borrero, una familia de campesinos en El Crisol. Y la hija de los Borrero… pues… la criamos nosotros…
Al terminar la frase, el rostro de Simón se contrajo en una mueca de dolor. Sin embargo, se sentía aliviado de que no fuera su propia hija la que había acabado con los Borrero. Ese matrimonio se había divorciado hacía más de diez años, y Ulises Borrero había criado a la niña solo, viviendo al día. La hija de los Farías sí que había tenido mala suerte.
—Así es, Alme —añadió Frida, suspirando con resignación—. La niña de los Borrero que criamos es Betina. Todos estos años pensamos que era nuestra hija, pero resulta que… todo fue un error.
Almendra lo entendió. Así que la tal Betina de la que hablaba el abuelo era la hija biológica de los padres adoptivos de Susana.
Al ver a Almendra en silencio, Frida se apresuró a añadir:
—Ahora son las vacaciones de verano y Betina está de viaje en el extranjero. Tus hermanos también están fuera por trabajo, así que últimamente no hay nadie en casa. Pero ya les hemos dicho que has vuelto. En cuanto a Betina, no hemos querido decirle nada todavía, por miedo a que no lo asimile bien. Cuando regrese, si no quiere volver con los Borrero, ¿te parece bien que se quede en casa?
El principal problema era que Simón era hijo único y, tras casarse con Frida, habían tenido cuatro hijos varones antes de que llegara por fin una niña, a la que toda la familia adoraba. Especialmente el abuelo, que trataba a Betina Reyes como a una muñeca de porcelana. En La Concordia todo el mundo sabía que el patriarca de los Reyes consentía a su nieta hasta lo indecible.
Temiendo que a Almendra no le gustara la idea, Simón añadió rápidamente:
—Alme, Betina es una buena chica. La familia Borrero es muy humilde. Si no quiere volver, ¿te parece bien que se quede en casa como tu hermana pequeña?
Por eso se lo consultaban, para saber su opinión.
Almendra comprendió la situación y asintió.
—Como ustedes decidan.
Era evidente que el abuelo adoraba a Betina; si no, no le habría plantado cara nada más llegar, ni habría dejado tan claro que Betina seguiría siendo la nieta de la familia Reyes.


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