»Por eso es que hace un momento, cuando todos apostaron a «altas» cinco veces seguidas, el resultado siempre fue «bajas».
Al oír esto, la cara del crupier se contorsionó de ira.
—¡Tú… estás muerta!
Los apostadores tuvieron una revelación. ¿Así que eso hacían?
¡Maldita sea, los estaban tratando como cerdos en el matadero!
¿Eso era tener madre?
—¿El casino se porta como un vil ratero y encima no dejan que uno se queje? —resopló Iguana.
El crupier echó fuego por los ojos:
—¡Sabía que eran cómplices!
Iguana sacó de su mochila un equipo de última generación y cargó el arma con un sonido metálico intimidante.
—¡Exacto! ¡Vengo a hacer justicia divina!
La maniobra de Iguana dejó a todos helados.
Ese equipo se veía potente, mil veces más impresionante que las armas del casino.
—¡Ustedes…! ¿Quiénes son? ¿Qué quieren en nuestro casino?
El crupier comprendió al fin que Iguana y su grupo no eran improvisados; venían preparados y con malas intenciones.
Iguana soltó una risita burlona:
—¿No te lo dije? ¡Justicia divina!
El crupier ya no pudo controlar la situación y mandó a su asistente a buscar al gerente.
El encargado era un local llamado Mark.
Era el gerente general del casino.
Aquí, a excepción del dueño, Saulo, él era la máxima autoridad.
En cuanto Mark vio la escena, supo que venían a reventar el lugar.
Lo que no sabía era por qué.
—Señores, podemos hablar. Si es por dinero, se les pagará hasta el último centavo que les corresponda.
Mark era un tipo muy astuto.
Había visto de todo en la vida.
—Paga esta ronda y deja que los clientes se vayan con su dinero en paz.
Esta noche, si el problema se arreglaba con dinero, era una victoria.
El crupier miró a todos con rencor, pero no se atrevió a desobedecer a Mark. Tuvo que liquidar las fichas y dejar que la gente se fuera.
Los apostadores estaban agradecidos con Almendra e Iguana, pero la situación actual…
—Váyanse rápido, nosotros nos encargamos del resto.
Iguana notó la preocupación en sus ojos y les hizo señas para que huyeran cuanto antes.
Mark miró a Almendra con cautela y sonrió forzadamente:
—Señorita, ¿ya puede bajar el arma?
La mirada de Almendra se volvió más fría:
—Aunque te vuele la tapa de los sesos, ¿qué vas a hacer al respecto?
Mark apretó los puños.
Justo en ese momento, un grito furioso bajó desde la planta alta:
—¡Quiero ver quién tiene los huevos para venir a hacer un desmadre en mi territorio!

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