Al escuchar esas palabras, la mirada arrogante de Saulo se contrajo de golpe.
¿El Gavilán Gris muerto?
¿Cómo era posible?
Con lo fuerte que era el Gavilán Gris, ¿cómo iba a morir así nada más?
Lo más importante era que él no había escuchado ni un rumor. ¡Hoy mismo el Gavilán lo había contactado para decirle que tenía a la persona!
¿Fabián lo estaba engañando?
Pero… conociendo el carácter de Fabián, no era de los que mentían.
Si lo que decía Fabián era cierto, solo había una explicación: ¡hubo un cambio drástico en el sudeste asiático!
Al pensar en eso, sintió un escalofrío.
Si era así, Fabián ya lo sabía todo y venía a cobrarle la factura.
—¡Te aliaste con el Gavilán Gris para cometer atrocidades! El negocio en el sudeste asiático se acabó. Saulo, ¡vas a regresar con nosotros a Nueva Córdoba para enfrentar la ley de inmediato!
En cuanto Fabián terminó de hablar, Saulo agarró a Susana, retrocedió dos pasos y gritó:
—¡Mátenlos! ¡Acaben con ellos!
Este era su territorio. Que Fabián y sus cuatro gatos pensaran que podían atraparlo era un sueño guajiro.
¡Él no era un inútil como el Gavilán Gris!
De inmediato, los hombres de Saulo dejaron de preocuparse por Mark y abrieron fuego contra Fabián, Almendra y los demás.
¡Bang!
¡Bang!
¡Bang!
El estruendo de los disparos parecía que iba a derrumbar el edificio.
Los apostadores que aún quedaban entraron en pánico, gritando y corriendo como pollos sin cabeza.
Saulo aprovechó el caos para intentar huir con Susana.
Menos mal que no había bajado las escaleras del todo, si no, escapar habría sido difícil.
Susana estaba aterrorizada. Todo había salido a la luz: Almendra ya lo sabía.
No podían atraparla, o su vida estaría acabada para siempre.
Se aferró al brazo de Saulo como una garrapata, temiendo que la dejara atrás.
Pero la situación era crítica. Si intentaba huir cargando con ella, no escaparía ninguno de los dos. Y si caía en manos de Fabián, ¡se acabó el juego!
—¡Susana, mi amor, tranquila! ¡Te juro que volveré a rescatarte!
Dicho esto, Saulo se arrancó con crueldad las manos de Susana de su brazo y, sin mirar atrás, huyó cojeando a toda velocidad.
Susana quedó tirada en el suelo, viendo cómo Saulo desaparecía de su vista. Soltó una risa desesperada y llena de amargura.
Que si era su corazoncito, su tesoro.
Que si era la mujer más importante.
Que si su vida valía lo mismo que la de él.
¡Puras mentiras!
¡A la hora de la verdad, la dejó tirada para salvarse el pellejo!
Los hombres… ¡todos son unos egoístas!
Sintió el cañón de una pistola en su cabeza y una voz fría y familiar resonó sobre ella:
—Susana, Braulio es tu propio hermano de sangre. ¿Cómo tuviste corazón para hacerle esto?

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