Almendra comprendió.
—Entendido. Mantén un ojo sobre él por mí, pero que no se dé cuenta.
Helena asintió de inmediato:
—Sí, señorita.
Almendra no sabía por qué Betina había traído a Ulises a la casa, pero estaba segura de que no tramaban nada bueno.
En el piso de arriba, Betina sacó cuatro o cinco vestidos de gala, de diferentes estilos y colores.
Se probó un vestido blanco palabra de honor. Frida dijo que se veía bien, pero ella puso cara de duda:
—Mamá, es una reunión familiar, ¿no será inapropiado usar esto? Mejor me pruebo el rosa.
Frida asintió sonriendo:
—Eres hermosa, todo te queda bien. Ponte lo que a ti te guste.
Betina se probó uno tras otro y no terminaba de estar satisfecha con ninguno. Frida sugirió:
—¿Y si llamo para que traigan más opciones?
—No es necesario, mamá, solo estoy indecisa sobre cuál usar.
—Entonces, ¿que venga tu hermana a ayudarte? Ella es la maestra Alma, seguro que te ayuda a elegir el más adecuado.
En cuanto Frida dijo eso, Betina se negó rotundamente:
—Mi hermana está muy ocupada, mejor no la molestemos. Iré a pedirle al abuelo y a papá que me den su opinión. Es la primera vez que visito a mis abuelos y tíos Tapia, no puedo dejarles mal.
Diciendo esto, añadió emocionada:
—Mamá, espérame un momento, vuelvo enseguida.
Viendo a Betina salir corriendo, Frida negó con la cabeza, resignada.
Simón, Fabián y Yago estaban jugando ajedrez en la sala de juegos cuando la dulce voz de Betina llegó desde afuera:
—Abuelo, papá, siento interrumpirlos, pero ¿puedo usar este vestido esta noche para ir con los Tapia?
Entró con elegancia, posando de la manera que consideraba más encantadora.
Hay que decir que Betina, mimada desde pequeña, tenía ese aire de niña rica; además, sus facciones eran correctas y, gracias a los costosos tratamientos de belleza, tenía la piel muy cuidada.

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