La mirada del abuelo siguió la de Betina y volvió a negar con la cabeza, resignado.
—Betina, escúchame, en realidad…
—¡Pequeña!
De repente, la voz de Frida volvió a resonar. Al segundo siguiente, una infinidad de globos de colores salió disparada hacia el cielo, tiñendo el jardín con los colores del arcoíris.
—¡Abuelo, están soltando los globos! ¡Me están llamando, vamos! —exclamó Betina, emocionada y ansiosa, mirando a Yago, que parecía querer decirle algo.
No podía esperar más para ver qué regalos le habían preparado sus padres esta vez.
Sin esperar a que Yago dijera nada más, se dio la vuelta para correr hacia el jardín.
—¡Betina, eso no es para ti! —dijo Yago, con el corazón en un puño, sabiendo que la heriría.
Betina se detuvo en seco. Creyendo que su abuelo bromeaba, se rio.
—Abuelo, no intentes engañarme.
—No te estoy engañando —dijo Yago con un suspiro—. Si no me crees, quédate junto a la ventana y mira tú misma.
Si Betina irrumpía ahora en el jardín, solo se humillaría. Era mejor que observara desde la distancia y entendiera la verdad por sí misma.
—Señor, si no es para la señorita Betina, ¿para quién podría ser? —preguntó Liliana, la niñera, con extrañeza.
En esa casa, nadie más que la señorita Betina merecía un recibimiento así. El abuelo le lanzó una mirada cortante y Liliana se calló de inmediato.
—Betina, ya te lo dije. Pase lo que pase en esta casa, tú siempre serás la princesita consentida del abuelo.



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