—Seguro que fue eso —dijo Betina, arqueando una ceja—. He estado tanto tiempo fuera… ¡Ya extraño a papá, a mamá y al abuelo! ¡Vamos, entremos!
Al cruzar la entrada, Betina notó que el ambiente en la casa era diferente. Normalmente, había muchos sirvientes y guardaespaldas yendo y viniendo, pero hoy apenas se veía a nadie.
—¡Pequeña, ven aquí!
De repente, volvió a escuchar la voz de Frida.
Betina, que se dirigía al edificio principal, se detuvo y miró hacia el jardín. Una sonrisa se dibujó en su rostro al instante.
—¡Liliana, mira! ¡Cuántas rosas y globos! ¡Seguro que papá y mamá se enteraron de que volvía hoy y me prepararon una sorpresa! —exclamó, emocionada como una niña.
—Así es, señorita Betina —respondió Liliana, sonriendo de oreja a oreja—. El señor y la señora la adoran. ¡Mire qué sorpresa tan grande le han preparado! Vamos a verla.
—¡Sí, sí!
Betina asintió y se dispuso a correr hacia el jardín cuando, de repente, la voz sorprendida de Yago resonó desde la entrada del edificio principal.
—Betina, ¿no se suponía que volvías en dos días?
—¡Abuelo, quería darles una sorpresa! —respondió Betina, sin detenerse—. ¡Pero parece que ustedes me la dieron a mí! ¡Voy al jardín!
Al ver que Betina estaba a punto de irse, Yago la detuvo.
—Betina, primero ven a contarle al abuelo si te divertiste en el extranjero.
—¿Acaso papá y mamá aún no están listos? —preguntó Betina, deteniéndose y mirando a su abuelo con una sonrisa—. ¿Por eso te pidieron que me entretuvieras?

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