Los autos de lujo y las motocicletas fueron guardados en el garaje. Almendra sostenía un pesado llavero en la mano, sin saber si reír o llorar. Realmente era demasiado.
—Pequeña, te has levantado temprano y aún no has comido nada. ¿Tienes hambre? Le he pedido a la cocina que prepare muchos tipos de desayuno, no sé si te gustarán. ¿Vamos a probarlos?
Cuanto más miraba Simón a Almendra, más le gustaba. Deseaba poder darle todo lo mejor del mundo.
—Sí —asintió Almendra.
Yago los esperaba en el sofá de la sala. Al ver a Almendra entrar escoltada por Simón y Frida, apretó con fuerza el bastón y dijo con voz grave:
—¿Ahora que tienen a su hija biológica, se olvidan de la otra? ¿No han visto lo triste que está Betina?
Simón y Frida se sintieron culpables. Era cierto que habían descuidado a Betina.
—Papá, voy a llamar a Betina para que baje a desayunar —dijo Frida, dispuesta a subir.
—¡Les advierto! —resopló el abuelo—. ¡Por mucho que quieran a su hija biológica, no muestren favoritismos delante de Betina!
—Y usted, que dice estas cosas delante de su nieta biológica, ¿no está mostrando favoritismos? —replicó Almendra con indiferencia.
Las palabras de Almendra dejaron al abuelo sin respuesta. La miró con furia.
—¡Tú…! ¡Vaya que sabes cómo contestar! ¡Te lo diré claramente hoy: prefiero a Betina porque es excepcional, sensata y educada, no como tú… que no tienes ni una pizca de modales!
—¡Papá! —exclamaron Simón y Frida al unísono.
Almendra no se enfadó. Esbozó una sonrisa de desdén, como una adolescente rebelde.
—A quién prefiera usted no es asunto mío, pero que sepa que usted tampoco me agrada.



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