El personal de servicio se aterró al ver al señor desvanecerse de repente y el caos se apoderó de la sala.
—¿Una toalla? Señorita Almendra, ¿qué tipo de toalla? ¿Grande, chica? ¿De qué tela?
Almendra frunció el ceño y cambió de instrucción para no perder tiempo.
—Olvídalo. Mejor ve a mi cuarto, en el buró junto a la cama, y tráeme mi mochila negra.
—¡Enseguida!
En cuanto la empleada salió corriendo, Almendra le abrió la mandíbula a la fuerza al anciano y metió el dorso de su propia mano para evitar que se mordiera la lengua.
Simón, al ver la escena, sintió un vuelco en el corazón, entre el pánico y la congoja.
—¡Almendra!
Frida también tenía los ojos anegados en lágrimas.
—Hija…
—No es nada —dijo Almendra, restándole importancia—. En un momento estará bien.
***
El escándalo de la planta baja llegó hasta el cuarto de Betina.
Se asomó a la ventana y descorrió la cortina para mirar hacia abajo. No distinguía nada fuera de lo normal, pero el alboroto era innegable, como si algo grave hubiera pasado.
—Liliana, vamos a ver qué ocurre.
Al abrir la puerta, vio pasar a una empleada a toda velocidad, abrazando una mochila negra. Su primera impresión fue que alguien estaba robando en la casa.
Ante esa posibilidad, Betina gritó con autoridad:
—¡Oye, tú! ¿Qué llevas ahí?
La empleada se detuvo en seco, sobresaltada, y se giró para explicarle a toda prisa:


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