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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 21

El personal de servicio se aterró al ver al señor desvanecerse de repente y el caos se apoderó de la sala.

—¿Una toalla? Señorita Almendra, ¿qué tipo de toalla? ¿Grande, chica? ¿De qué tela?

Almendra frunció el ceño y cambió de instrucción para no perder tiempo.

—Olvídalo. Mejor ve a mi cuarto, en el buró junto a la cama, y tráeme mi mochila negra.

—¡Enseguida!

En cuanto la empleada salió corriendo, Almendra le abrió la mandíbula a la fuerza al anciano y metió el dorso de su propia mano para evitar que se mordiera la lengua.

Simón, al ver la escena, sintió un vuelco en el corazón, entre el pánico y la congoja.

—¡Almendra!

Frida también tenía los ojos anegados en lágrimas.

—Hija…

—No es nada —dijo Almendra, restándole importancia—. En un momento estará bien.

***

El escándalo de la planta baja llegó hasta el cuarto de Betina.

Se asomó a la ventana y descorrió la cortina para mirar hacia abajo. No distinguía nada fuera de lo normal, pero el alboroto era innegable, como si algo grave hubiera pasado.

—Liliana, vamos a ver qué ocurre.

Al abrir la puerta, vio pasar a una empleada a toda velocidad, abrazando una mochila negra. Su primera impresión fue que alguien estaba robando en la casa.

Ante esa posibilidad, Betina gritó con autoridad:

—¡Oye, tú! ¿Qué llevas ahí?

La empleada se detuvo en seco, sobresaltada, y se giró para explicarle a toda prisa:

El corazón le dio un vuelco. Sin siquiera reparar en las expresiones de los demás, soltó un grito destemplado y poco elegante:

—¡Almendra! ¡Ni se te ocurra hacerle daño a mi abuelo!

La muñeca de Almendra se detuvo un instante en el aire. Pero, sin levantar la vista, continuó el movimiento y, sin la menor duda, insertó la aguja en un punto de acupuntura preciso.

Esa aguja no solo hizo que el corazón de Betina se encogiera, sino que tensó los nervios de todos los presentes, incluidos Simón y Frida.

El infarto del abuelo Yago había sido fulminante. Como no le administraron su medicamento de inmediato, empezó a convulsionar. La situación era mucho más grave que en otras ocasiones, y Simón y Frida estaban paralizados por el pánico.

Nadie esperaba que Almendra, con solo dieciocho años, no solo mantuviera la calma, sino que actuara con nervios de acero, aplicándole los primeros auxilios al abuelo sin inmutarse.

Y ahora, sacaba unas agujas de plata para practicarle acupuntura. Su destreza y su expresión serena dejaban claro que sabía de medicina.

¡Simón y Frida no salían de su asombro!

Los empleados también la miraban con incredulidad. Al principio, cuando Almendra sacó el estuche de agujas de la mochila, se habían llevado un susto de muerte.

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