Todos contenían la respiración, con los ojos clavados en Almendra mientras colocaba las agujas. La duda inicial se transformaba lentamente en asombro.
Simón, al ver que el cuerpo de su padre se relajaba y su rostro recuperaba la serenidad, no pudo evitar exclamar con admiración:
—Almendra es una Reyes de pies a cabeza, no cabe duda. ¡Tiene el mismo don que Gilberto!
Gilberto Reyes, el tercero de los hermanos, era una eminencia en el mundo de la medicina a pesar de su juventud.
Claro que los cuatro hermanos Reyes eran unos genios, cada cual con un coeficiente intelectual más insultante que el anterior. Betina, aunque era lista, no les llegaba ni a los talones.
A veces, Simón y Frida sentían que a Betina le faltaba esa chispa que tenían sus cuatro hijos varones, pero lo atribuían a que la habían malcriado. Al ser la única princesa de la familia Reyes, era normal que fuera un poco caprichosa y no le gustara estudiar.
Pero ahora, al ver a Almendra, Simón se sentía orgulloso y satisfecho. Definitivamente, la genética de los Reyes no fallaba.
El cumplido de Simón fue como una puñalada para Betina. Se clavó las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que casi se hace sangre.
«¿Y qué si sabe de acupuntura?», pensó. «¡Todavía no es seguro que salve al abuelo!».
En ese momento, en lo más profundo de su ser, Betina deseó que Almendra fracasara.
Incluso olvidó que la persona a la que Almendra intentaba salvar era el abuelo que tanto la adoraba.
***
Unos quince minutos después, Almendra retiró las agujas una por una. El señor Yago sentía como si su cuerpo hubiera sido purificado; todo el cansancio y el dolor habían desaparecido.
Sin embargo… prefería seguir haciéndose el dormido un ratito más.
El resto de los presentes vio cómo Almendra desinfectaba y guardaba las agujas, pero como el abuelo no despertaba, la duda volvió a asaltarlos. ¿Acaso lo había… ?
—¡Almendra! —exclamó Betina, casi gritando, como si quisiera alertar a todos—. ¿Por qué no despierta el abuelo? ¡No me digas que lo dejaste peor!
Almendra cerró la cremallera de su mochila y miró al anciano que seguía haciéndose el muerto en el suelo.
—Señor, ya puede abrir los ojos.


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