Ahora veían cómo insertaba una aguja con una seguridad y una técnica que parecían profesionales. Pero, ¿de verdad podría reanimarlo?
¿Y si solo estaba haciendo que perdieran un tiempo precioso?
La duda que carcomía a los empleados era la misma que asaltaba a Betina. Al ver que Almendra se disponía a clavar una segunda aguja, se abalanzó hacia ella y la detuvo con voz estridente:
—¡Almendra! ¡Detente! ¡No vas a lastimar a mi abuelo!
Simón tuvo que intervenir.
—Betina, a tu abuelo le dio un ataque. Tu hermana lo está atendiendo, espera un momento.
Betina miró a Simón y a Frida con aire de justa indignación.
—¡Papá, mamá! ¿Cómo pueden dejar que juegue con la vida del abuelo? Tenemos la misma edad, ¡ni siquiera ha pisado la universidad! ¿Cómo va a saber de algo tan complejo como la acupuntura?
Para ella, era evidente que Almendra solo estaba clavando agujas al azar para vengarse del abuelo.
¡Claro, eso era! ¡Almendra quería matarlo!
Las palabras de Betina sembraron la duda entre los empleados. Después de todo, Almendra solo tenía dieciocho años. En su experiencia, quienes practicaban la acupuntura eran médicos tradicionales, gente mayor y con mucha experiencia.
Una muchacha de dieciocho años, ¿realmente sabría lo que hacía?
¿O… estaba improvisando, dejando pasar el tiempo vital para salvar al señor? No era un secreto que, desde que la señorita Almendra había puesto un pie en esa casa, el patriarca la detestaba.
Si ese era el caso, la señorita Almendra era… aterradora.
¿Cómo podía una joven de su edad tener un corazón tan retorcido?
Frida, al ver la situación, también intervino con cautela.
—Betina, parece que tu hermana sí sabe de medicina. Démosle un momento.
—¡Mamá! —replicó Betina, cada vez más exaltada—. ¿Qué significa «parece»? Nosotros podemos esperar, ¡pero el abuelo no! ¡Tenemos que llevarlo al hospital ya!

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