Pero los Ortega no eran una familia cualquiera. Eran de las más poderosas. Muchas herederas de grandes fortunas darían lo que fuera por casarse con uno de ellos. Y ahora Esteban, ¿le daba a Almendra la libertad de elegir?
¿Tan desesperado estaba por tenerla como nieta política?
—Esteban, ¿qué estás tramando? —intervino Yago, sintiendo que la situación no era la adecuada—. ¿Crees que tus nietos van a estar de acuerdo con esto?
Los tres jóvenes Ortega eran la flor y nata de la sociedad. Incluso Mauricio, recién graduado, tenía un futuro brillante gracias al respaldo de su familia.
Y qué decir del mayor, Fabián. Después de graduarse de la academia militar, sirvió a la nación y alcanzó el rango de General de Brigada a una edad temprana. Por desgracia…
En una misión de alto riesgo, resultó herido. Sus ojos, en particular, quedaron dañados, perdiendo casi por completo la visión en la oscuridad. Tuvo que retirarse del servicio activo y hacerse cargo de los negocios de la familia materna. En solo tres años, convirtió el grupo empresarial en el número uno de La Concordia.
Y el segundo, Lorenzo, era un genio. A los doce años ya había obtenido un doctorado en la Universidad Central de Valparaíso. ¿Quién podía superar eso?
Ahora, con apenas veintiséis años, ya era una figura influyente en la política.
Así que, ¿iban a permitir que una jovencita de dieciocho años los eligiera como si fueran mercancía?
Esteban soltó un bufido y miró a Lorenzo y Mauricio.
—Claro que están de acuerdo. ¿A qué esperan para darle a Almendra los regalos que le trajeron?
Lorenzo, resignado ante las excentricidades de su abuelo, le tendió a Almendra el regalo que había preparado.
—Almendra, esto es para ti —dijo con voz suave.
Almendra dudó en aceptarlo.
Recibir el regalo sería como aceptar el compromiso.


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