Al oír la voz grave y profunda de Fabián, el corazón de Betina se aceleró y sus mejillas se sonrojaron.
Nadie sabía cuánto le gustaba Fabián. Desde que era una niña y apenas entendía de amor, ya sabía que él era su prometido, el hombre con el que se casaría.
Martín abrió la puerta y, antes de que pudiera decir nada, Betina se adelantó:
—¡Fabián!
La expresión de Fabián, hasta entonces neutra, se endureció al ver a Betina aparecer de la nada. Frunció el ceño y su rostro se cubrió de una fría molestia.
Desde las cinco de la tarde, Betina no había parado de molestarlo. Si no fuera por respeto a la familia Reyes, la habría bloqueado hace tiempo.
Pero ahora…
Su mirada gélida se desvió hacia Martín, que estaba detrás de ella.
Martín, al ver la reacción de su jefe, supo que estaba en problemas.
—Jefe, la señorita Betina se enteró de que estaba herido y quiso venir a verlo.
Betina también notó el descontento de Fabián. La tensión en el aire era tan palpable que le costaba respirar.
Pero a ella le gustaba así: frío, distante, guapo, imponente. ¡Era su héroe!
—Fabián, no culpes a Martín. Le rogué que me trajera. Solo quería ver cómo estabas.
—Estoy bien —respondió Fabián con frialdad—. Martín, acompaña a la señorita Betina a la salida.
Betina no podía creer que Fabián la estuviera echando nada más verla.
—Fabián, solo vine a traerte una sopa —dijo, presa del pánico—. La preparé yo misma. En cuanto te la tomes, me voy.
Liliana se apresuró a acercar el termo.
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