—Director, nuestro equipo de inteligencia dice que los métodos que usó la otra parte para ocultar su identidad son muy sofisticados. Necesitan un poco más de tiempo.
A Martín cada vez le daba más curiosidad saber quién era esa chica que había salvado a su jefe. Era toda una eminencia, si ni los cuatro mejores especialistas podían encontrarla.
La mirada gélida de Fabián se posó en Martín, haciéndole sentir una presión inmensa.
Sabía que Fabián estaba harto de su incompetencia, de que no pudieran resolver una cosa tan simple. No le quedó más que armarse de valor y añadir:
—Sin embargo, el equipo dijo que, si no puede esperar, hay otra forma de conseguir su información de inmediato.
Fabián entrecerró los ojos.
—¿Buscar a Xavier?
Martín asintió.
—Sí, director. El director Xavier es el desarrollador de la plataforma. La base de datos del sistema tiene la información detallada de todos los usuarios registrados. Si él está dispuesto a ayudar, podemos saber la verdadera identidad de la señorita «doctora Alma» al instante.
Además, Xavier era un genio de la informática y protegía su propia plataforma con una seguridad impenetrable. Ni siquiera los especialistas habían logrado hackear su base de datos. Si él accedía a cooperar, sin duda resolvería el problema.
Fabián frunció el ceño. Tenía una buena relación con Xavier, pero pedirle a un amigo que le ayudara a encontrar a una chava... ¿no lo haría ver como un inútil?
No quería darle el gusto a ese desgraciado de burlarse de él.
—Dales dos días. Si no la encuentran, ¡que se olviden de su reputación!
¿Y así se hacían llamar especialistas? ¿No podían ni encontrar la identidad de una muchachita? ¡Qué descaro!
En su mente, Martín les prendió una veladora a los del equipo de inteligencia y asintió con respeto.
—Entendido, director.
Fabián le hizo un gesto con la mano para que se retirara.
Martín se detuvo un segundo antes de añadir:
—Director, sobre el tal Campos que apareció hoy en internet, ya investigamos su identidad. Es Andrés Campos, el hijo único del presidente de Materiales San Miguel La Concordia. Le llamé, pero no pareció darle mucha importancia.
Fabián bufó.
—¿No le dio importancia? ¡Pues haz algo para que se la dé!
—¡Sí, director!



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