Betina se quedó tiesa, con la mente en blanco tras la regañada de Cristian.
Cristian continuó:
—Y viéndolo fríamente, Alme es tu Gran Maestra, no tiene nada de vergonzoso que te arrodilles a ofrecerle la bebida.
—¿Por qué no puedes aceptar la realidad con madurez?
Betina guardó silencio.
Cristian soltó un suspiro profundo:
—Papá y mamá están muy preocupados por ti, por eso me mandaron a verte. Estando así, ¿cómo vamos a estar tranquilos?
Betina no era así antes, pero desde que Almendra regresó, parece otra persona.
¿O será que nunca la conocieron realmente?
Betina curvó los labios con sarcasmo:
—¿Ustedes se preocupan por mí?
Cristian frunció el ceño:
—¿Por qué no nos íbamos a preocupar? Si no tuviera miedo de que estuvieras haciéndote telarañas en la cabeza, ¿crees que habría venido hasta acá?
—Solo les preocupa que culpe a mi hermana.
—¡Betina!
Cristian la miró con severidad:
—Ya te lo he dicho antes: tú eres tú, no necesitas compararte con nadie. Alme tiene sus virtudes, pero tú también tienes las tuyas. ¿Por qué te obsesionas con competir con ella?
Betina se sintió más herida:
—Fueron ustedes los que empezaron a hacer distinciones entre ella y yo, ¿y ahora me piden que no me compare?
—¿Qué quieres decir? —Cristian sentía que Betina traía una carga muy pesada últimamente, tan pesada que él no lograba descifrarla.
Ya que estaban hablando claro, Betina no quiso ocultarlo más. Estaba harta.
¡Desde que Almendra regresó a esta casa, sentía que se ahogaba!
—Me dio gusto que mi hermana regresara a casa, pero mis papás, Gilberto y tú, todos tienen favoritismo por ella. A mí, que soy la adoptada, ya me mandaron al olvido.
—Si no quieren que siga en esta casa, díganmelo y me voy...
Al decir esto, Betina volvió a bañarse en lágrimas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada