Nosotros, tus hermanos mayores, te consentimos hasta el cansancio. Si cometías un error, dábamos la cara por ti; si querías hacer algo, te ayudábamos a hacerlo.
Todo lo que querías te lo dábamos, toda la familia te trataba como un tesoro.
¿Y Alme?
Ella, siendo tan pequeña, tuvo que cargar con la responsabilidad de cuidar a la abuela. Para salir adelante, solo pudo depender de su propio esfuerzo desesperado.
Ella tiene los mismos 18 años que tú, ¿por qué sabe hacer muchas más cosas que tú?
¿Es algo innato?
No, es porque ella sufrió muchísimo, sufrimientos que tú ni te imaginas.
Ahora que por fin la encontramos y la trajimos de vuelta, solo queremos compensar un poco el amor que le faltó durante estos 18 años, ¿y tú no puedes aceptarlo?
Betina bajó la cabeza, entrelazando los dedos con fuerza, y dijo con voz débil:
—No es eso, es solo que...
—Es solo que no soportas que la tratemos bien —sentenció Cristian.
Betina puso cara de culpa.
Sí, su hermano tenía razón. Simplemente no soportaba ver que todos trataran bien a Almendra.
Se supone que ella era la princesita de la casa, pero cuando apareció Almendra, le arrebató todo lo que era suyo.
—Pero, ¿te has puesto a pensar... que todo lo que has tenido desde niña, originalmente le pertenecía a Alme?
Al oír esto, ¡la cara de Betina se puso blanca como el papel!
—Si no las hubieran cambiado al nacer, ¿dónde deberías estar viviendo tú?
Las uñas de Betina se clavaron en sus palmas; le dolía tanto que ya se le habían entumido las manos.
—No tuvimos corazón para dejarte regresar al campo a sufrir, así que sin importarnos lo que sintiera Alme, te dejamos en esta casa. Y Alme nunca pidió que te fueras, dejando que siguieras compartiendo todo lo que es suyo.
Betina se quedó completamente paralizada.
Cristian soltó una risa de impotencia:

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