Después de caminar un trecho, Almendra se detuvo y miró a Enrique, el hombre de lodo que la seguía.
—¿Y el carro?
Enrique sonrió con vergüenza y se rascó el pelo empapado de lodo.
—Pues… me perdí de camino, y luego con la lluvia el carro se atascó en un lodazal y no pude sacarlo. Así que… me vine de aventón en el tractor de un señor que iba para el pueblo.
Almendra se quedó sin palabras. Vaya personaje. Con razón había acabado en ese estado.
Aunque, para ser justos, el aspecto de Almendra no era mucho mejor. Si Enrique era un hombre de lodo, ella estaba hecha una sopa.
—¿A qué distancia está?
—Eh… pues… creo que a unos… diez kilómetros, más o menos… —la voz de Enrique se fue apagando, y ni siquiera se atrevía a mirarla.
Almendra suspiró.
—Señorita, ¿qué le parece si esperamos un poco a ver si pasa algún carro que vaya a la ciudad? —se apresuró a añadir él.
Pero estaban en medio de la nada, de noche, y lloviendo. La gente del pueblo ya habría cenado y estaría durmiendo. Conseguir un aventón era casi imposible. Almendra tenía una motocicleta, pero estaba en casa de los Farías.
—Empecemos a caminar.
Así, bajo la lluvia, caminaron unos diez minutos hasta que, por fin, dos luces de auto aparecieron detrás de ellos.
—¡Señorita, un carro! —gritó Enrique, emocionado.
Empezó a hacer señas, pero el lujoso auto negro aceleró, tocó el claxon y pasó zumbando a su lado, levantando una ola de lodo que los bañó de pies a cabeza.
Almendra no dijo nada.
Enrique se limpió la cara y maldijo:
—¡Tener un Rolls-Royce no te da derecho a ser un patán!


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